Estilo olivar

Juan José Almagro

Jefes y jefecillos

Una de las cosas que más nos pone y nos provoca, como dirían en algún país iberoamericano, es presumir de algún título

No tenemos remedio: Roma reinventó Grecia, la historia casi siempre se repite y la condición humana -nos pongamos como nos pongamos- es como es: un permanente trabajo, subiendo desde los infiernos para volver a estar arriba, en el paraíso, sea de verdad o nos lo parezca. Estamos condenados a conseguir un “no sé qué” sin lograrlo jamás. Sísifo, hijo de Eolo, fue condenado por los dioses (por su falta de escrúpulos) a arrastrar hasta la cima de una montaña un peñasco enorme que, al llegar a lo más alto, volvía a caer y a rodar por su propio peso hasta el pie de la montaña, y volver a empezar. Era un suplicio renovado indefinidamente que Tiziano plasmó en un hermoso cuadro que puede admirarse en el Museo del Prado.

A muchos -nunca serán pocos- tener poder o ser jefes (de lo que sea, qué más da) les parece el no va más. Y lo intentan repetidamente, y se afanan hasta la extenuación para conseguirlo, como el enloquecido Hércules hizo para terminar los doce trabajos impuestos por su hermano Euristeo. A los humanos, ya se sabe, además de exagerar nos gusta engañarnos. No hay nadie que no exagere porque la proporción resulta casi imposible para los seres humanos. Y eso va a reflejarse en los cargos que se ocupen después de este periodo electoral, cuando tomen posesión concejales, parlamentarios autonómicos, diputados provinciales o diputados a Cortes, senadores y, sobre todo, sus asesores y personal de confianza. En la empresa privada sucede igual porque a todos nos gusta estar en todo lugar sin estar en parte alguna, como nos reprochó Séneca.

Una de las cosas que más nos pone y nos provoca, como dirían en algún país iberoamericano, es presumir de algún título, no importa cual; poder decir o mandar a alguien que haga algo, disponer de una tarjeta (no de crédito; eso era antes) donde debajo de nuestro nombre aparezca un cargo rimbombante, y, por favor, si es posible con letras en relieve y papel de mucha calidad. El asunto está en distinguirse y poderle enseñar a los amigos y familiares -sobre todo a los cuñados- la tarjeta que refleje una función ostentosa que contenga varias palabras, cuantas más mejor: delegado de suministros especiales, diputado de asuntos territoriales internos, concejal de inteligencia artificial, supervisor de negocios intrínsecos… Si, además, te hacen subdirector o director de algo, eso es el séptimo cielo, y ya puede el afortunado comenzar a alimentarse exclusivamente con ambrosía y a beber solo néctar, como hacían los dioses del Olimpo.

En su obra más popular y crítica, fustigadora de todos los vicios y defectos de la sociedad que le tocó vivir, escribió Erasmo de Rotterdan que el espíritu humano está moldeado de tal manera que las apariencias engatusan mucho más que las verdades. Con matices o sin ellos, hay que estar de acuerdo con el grandioso humanista del siglo XVI. Desde Platón y su célebre mito de la caverna, el dilema apariencia/realidad siempre ha estado presente en las preocupaciones del género humano. Iba a escribir que aún a nuestro pesar, pero no sería exacto: “¿Acaso creéis que hay alguna diferencia entre quienes en la famosa caverna de Platón se admiran de las sombras y apariencias de cosas diversas, sin echar nada en falta ni estar menos satisfechos, y el sabio ese que, tras salir de la caverna, contempla las cosas reales?”, concluye Erasmo. Para el príncipe de los humanistas no hay diferencia o, si la hay, todavía sigue ganando la condición de los imbéciles/jefecillos, a los que cuesta muy poco la felicidad y, además, gozan de ella con el común de los mortales.

Creo que, en el fondo y en estos tiempos que corren, vivir de espaldas a la realidad es mucho más fácil y, sobre todo, más cómodo. A muchos humanos nos gusta instalarnos en las apariencias (o en sueños irreales, que tanto monta), igual que a casi todos los seres humanos, hombres y mujeres, nos atrae y nos complace el poder y el lujo. Vivir con esperanza es otra cosa: es gozar de un derecho inalienable y, probablemente, imprescriptible. Séneca, que era sabio, le escribió a Lucilio: “¿Me pides cuál es la medida de las riquezas? En primer lugar, tener lo que es necesario; después, lo que es suficiente”. Yo también lo creo.