Hay historias que uno escucha y que, por mucho tiempo que pase, permanecen prendidas en el alma, porque detrás de cada palabra hay una vida truncada, una familia que nunca pudo despedirse y una deuda que sigue pendiente con quienes fueron condenados al silencio. La historia de Lola es una de ellas, una historia que no habla de venganza ni de rencor, sino de algo tan sencillo y humano como poder enterrar dignamente a su abuelo, un hombre que murió durante aquella guerra que algunos siguen llamando civil, aunque yo diría que fue de todo menos civil, porque lo que comenzó con un golpe de Estado contra un gobierno legítimo terminó convirtiéndose en una tragedia incívica que arrasó vidas, familias y esperanzas, dejando tras de sí demasiados hombres castigados por haber defendido la libertad y la democracia en las que creían.
Lola me lo contaba con esa mezcla de dolor y serenidad que tienen quienes llevan demasiado tiempo llamando a puertas que nadie parece querer abrir, quienes han aprendido a convivir con una ausencia que ni siquiera pueden localizar, porque sus seres queridos permanecen en algún lugar desconocido, bajo una cuneta, junto a una carretera o en una fosa que guarda los nombres de quienes tuvieron una vida, unos sueños y una manera de entender el mundo que no pudieron arrebatarles ni siquiera con la muerte. Ella no reclama privilegios ni pretende recuperar el tiempo perdido, porque sabe que hay ausencias que ninguna reparación podrá llenar, sino que únicamente desea encontrar los restos de su abuelo y ofrecerle una despedida como la que cualquier ser humano merece, para que su familia pueda acompañarlo hasta su última morada.
Mientras Lola busca respuestas, resulta imposible no pensar en la desigualdad que todavía permanece entre quienes pudieron ser enterrados con honores, con placas en lugares visibles, con calles que llevan sus nombres y monumentos que recuerdan sus vidas, y aquellos otros hombres humildes que, después de haber defendido un Estado de derecho, fueron arrojados a la oscuridad de las cunetas, condenados a desaparecer de la historia oficial y a permanecer durante décadas bajo el silencio impuesto por quienes pretendieron que su recuerdo se desvaneciera con el paso de los años. Hay familiares que todavía acuden a las orillas de las carreteras con unas flores entre las manos, que las depositan sobre la tierra sin saber siquiera si debajo de ella descansan los restos de sus padres, de sus abuelos o de aquellos seres queridos a quienes nunca pudieron volver a abrazar, y en ese gesto sencillo, lleno de amor, hay una forma de resistencia que ninguna injusticia ha conseguido destruir.
Los desaparecidos de Lola forman parte de una herida que trasciende lo familiar y alcanza a una democracia que durante demasiado tiempo ha tenido que convivir con las sombras de su pasado, con las fosas que siguen abiertas y con el abandono de quienes todavía esperan que alguien pronuncie sus nombres sin miedo ni ocultaciones. Su abuelo no fue un criminal ni un hombre que mereciera desaparecer de la historia, sino alguien que creyó en un Estado de derecho, en la libertad y en la convivencia democrática, unos ideales que defendió con tanta convicción que terminó pagando por ellos con su propia vida, dejando tras de sí una familia a la que se le negó incluso la posibilidad de acompañarlo hasta su última morada.
En esa búsqueda se encuentra el verdadero sentido de la memoria, porque recordar no consiste únicamente en mirar hacia atrás ni en repetir los nombres de quienes ya no están, sino en reconocer que ninguna sociedad puede considerarse plenamente democrática mientras haya familias que desconozcan el destino de sus seres queridos y seres humanos que sigan esperando, después de tantos años, que se les conceda aquello que nunca debió negárseles. La dignidad de los muertos no debería depender de las ideas que defendieron, de quién ganó una guerra ni de quién tuvo el poder de escribir la historia, porque la muerte no puede convertirse en una condena perpetua al olvido.
Lola no quiere levantar nuevas trincheras ni alimentar el odio que tanto daño hizo a este país, porque su lucha nace del amor, de ese sentimiento profundo que permanece incluso cuando han pasado los años y que se niega a aceptar que un abuelo pueda desaparecer sin que nadie sepa dónde está, sin que sus descendientes tengan un lugar donde llorarlo y sin que exista una tumba sobre la que depositar unas flores. Su anhelo es que su familia pueda cerrar una herida que nunca debió permanecer abierta y que aquellos hombres que murieron por defender la libertad ocupen, de una vez, el lugar que les corresponde en la historia de un país al que también contribuyeron a dar forma.
Cuando Lola habla de su abuelo, su voz se convierte en la de tantas otras familias que siguen esperando poder despedirse de los suyos con la paz que les fue arrebatada, y uno comprende que hay luchas que no necesitan grandes discursos ni consignas encendidas, porque basta con escuchar a una nieta que busca a su abuelo para entender que la grandeza de una sociedad también se mide por la manera en que trata a quienes ya no pueden defenderse.
Ojalá llegue el día en que Lola pueda depositar unas flores sobre su tumba, pronunciar su nombre sin incertidumbre y regresar a casa con la serenidad de saber que, por fin, ha podido ofrecerle el descanso que merece, porque entonces no habrá recuperado solamente una nieta a su abuelo, sino que una democracia habrá sido capaz de mirar de frente a su pasado y de reconocer que ningún hombre debería permanecer eternamente bajo una cuneta por haber defendido la libertad.
Quizá entonces comprendamos que la memoria no consiste en mantener abiertas las heridas, sino en impedir que el olvido siga enterrando a quienes ya fueron asesinados, porque hay hombres que no necesitan ser convertidos en héroes, sino que se les devuelva su nombre, su historia y el lugar que les fue arrebatado; y hay nietas como Lola que, al buscar a sus abuelos, nos recuerdan que un país no termina de ser libre mientras una sola familia siga esperando poder despedirse de los suyos.
Porque, al final, no hay mayor homenaje a quienes defendieron la democracia que construir una sociedad en la que nadie tenga que suplicar por la dignidad de sus muertos, ni una nieta deba dedicar su vida a encontrar aquello que nunca debió perderse: el lugar donde descansa su abuelo.
Manuel Palomo
Palomos de papelLola, la nieta que busca un lugar para su abuelo
Ojalá llegue el día en que Lola pueda depositar unas flores sobre la tumba de su abuelo