Queda un mes para las elecciones y empieza a ser razonable cuestionar una idea que parecía asentada desde la convocatoria: que la victoria de las derechas está prácticamente decidida. No porque las encuestas hayan cambiado radicalmente ni porque la izquierda haya encontrado de repente una fórmula ganadora, sino porque empiezan a coincidir varios factores que podrían complicar las previsiones iniciales. Mi apuesta, todavía prudente, es que la distancia puede reducirse más de lo que algunos esperan.
La primera razón está en los límites del crecimiento de la derecha. Conviene distinguir entre el avance de Vox y el crecimiento del conjunto conservador. Desde hace años, PP y Vox se disputan buena parte de un electorado que cambia de papeleta sin que necesariamente aumente el número total de votantes de ese espacio. El ascenso de Vox puede debilitar al PP, del mismo modo que el intento de Feijóo de atraer al votante moderado puede dificultar su competencia por el flanco derecho.
La paradoja es evidente: cuanto más necesita el PP a Vox para gobernar, más difícil puede resultarle presentarse como una alternativa autónoma y capaz de atraer a quienes recelan de la extrema derecha. Y cuanto más crece Vox, menos puede dar por descontado Feijóo que todos los votos de su bloque se traduzcan en una mayoría parlamentaria cómoda.
La derecha tiene una ventaja importante, pero también una contradicción que todavía debe resolver. No basta con sumar apoyos: necesita convertirlos en escaños y, después, articular una mayoría que no termine condicionada por las exigencias de Abascal. La competición entre ambos partidos puede acabar siendo tan determinante como su enfrentamiento con el PSOE. Además, sus candidatos sufren en campaña, como se ha venido demostrando en otras ocasiones. Los errores, forzados o no, y la dificultad de mantener una imagen de rigor y capacidad de gestión son un problema permanente para Feijóo.
La segunda razón es que el PSOE empieza a mostrar señales de que todavía puede competir. Los sondeos siguen ofreciendo, en conjunto, una ventaja a las derechas. Sería absurdo ignorarlo. Pero las diferencias entre encuestas y algunos resultados más ajustados aconsejan no convertir una estimación electoral en una sentencia. Cuando quedan semanas de campaña, una distancia que hoy parece suficiente puede reducirse si cambia la participación, se concentran los apoyos o se modifica la percepción de quién tiene posibilidades reales de ganar.
La aparición de Pedro Sánchez en La Revuelta encaja en esa estrategia. Más allá de la audiencia conseguida, el presidente ha buscado llegar a públicos distintos de los habituales consumidores de información política, proyectar una imagen más cercana y evitar que la intervención se convirtiera en una sucesión de titulares adversos. Ha entendido que, en una campaña de máxima exposición, también importa impedir que el rival encuentre oportunidades para imponer su propio relato.
No es una victoria electoral, ni demuestra por sí sola que Sánchez esté recuperando votantes. Pero sí revela una diferencia de iniciativa: el candidato socialista está intentando ampliar los terrenos en los que se juega la elección, mientras Feijóo necesita defender su ventaja y responder a una competición que Vox le plantea desde su propio espacio político.
Si el PP termina atrapado entre la necesidad de moderarse para atraer nuevos electores y la obligación de satisfacer a su socio potencial, puede encontrarse ante una campaña menos favorable de lo que anticipaban sus expectativas.
La tercera variable, y quizá la decisiva, es la movilización. La izquierda no necesita que millones de electores cambien radicalmente de opinión. Puede bastar con que una parte de quienes se abstuvieron o dudan de la utilidad de su voto decida participar. El recuerdo de 2023 demuestra que no conviene confundir las ventajas que reflejan las encuestas durante la precampaña con un resultado inevitable.
Pero esa movilización no aparecerá por generación espontánea. El temor a un Gobierno de PP y Vox puede actuar como incentivo, aunque difícilmente bastará si no va acompañado de razones positivas para votar. El PSOE necesita defender su gestión y convencer de que puede ofrecer respuestas; las fuerzas situadas a su izquierda tienen que demostrar que son capaces de superar sus divisiones y de aportar algo más que una resistencia testimonial.
Aquí aparece una de las grandes paradojas de la elección. La fragmentación puede beneficiar al PSOE mediante el voto útil, pero también puede desmovilizar a quienes no encuentran una alternativa convincente. El socialismo puede terminar concentrando el voto progresista sin que eso signifique que haya recuperado toda su credibilidad o resuelto los problemas que arrastra la izquierda.
Por eso, una eventual remontada no dependerá únicamente de la campaña de Sánchez. También dependerá de que el conjunto del electorado progresista perciba que el resultado está abierto y que su participación puede tener consecuencias reales.
No daría por hecho que vaya a suceder. La derecha conserva una ventaja demoscópica y una elevada capacidad de movilización. Pero tampoco descartaría que la combinación de las dificultades de Feijóo, la presión de Vox y una mayor participación progresista termine estrechando la competición.
Mi apuesta es modesta, pero clara: la izquierda tiene más posibilidades de disputar estas elecciones de las que sugiere el relato de una victoria conservadora inevitable. No porque haya resuelto sus problemas, sino porque las debilidades del adversario pueden ser más importantes de lo que parece y porque todavía queda tiempo para que la campaña modifique las expectativas.
Si esa remontada se produce, quedará pendiente una pregunta incómoda. El PSOE podría evitar una derrota o incluso mejorar sustancialmente sus resultados gracias a la movilización contra las derechas, mientras la izquierda alternativa seguiría sin resolver sus disputas internas, su pérdida de credibilidad y la dificultad para construir un proyecto reconocible.
Ganar o resistir en las urnas no equivale a solucionar esos problemas. Pero antes habrá que votar. Y, a un mes de las elecciones, quizá el primer error de las derechas sea comportarse como si ya hubieran ganado y el de la izquierda, como si ya hubiera perdido.
La campaña sigue abierta. Lo que está por ver no es solo quién consigue más votos, sino quién logra convertir sus ventajas iniciales en una mayoría parlamentaria y qué problemas quedarán pendientes al día siguiente.