Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

Las cosas de comer

El colapso ecológico al que nos dirigimos es una gran crisis económica, social y política

Se nos acumulan noticias importantes, que requieren algo de reflexión y de cuestionamiento de nuestras vidas, aunque se ocultan en la vorágine de la actualidad. Son asuntos relacionados entre sí y que se suceden sin descanso pero que se despachan en conversaciones cotidianas, como si fueran normales e inevitables.

Si hasta hace unos días criticábamos, y no entendíamos, por qué los agricultores europeos (holandeses, alemanes y franceses) estaban en pie de guerra y  descargaban su ira (y de paso los camiones) contra los productos españoles, ahora vemos como es el campo español quien empieza sus movilizaciones. El malestar del sector agrario no es nuevo pero en los últimos meses se han acrecentado sus problemas por varios factores, sobre los que se concentran las protestas: la entrada de productos ucranianos muy baratos a los que se les suspendieron los aranceles en la UE, la retirada de las ayudas a la energía y la posterior escalada de precios, el tratado de libre comercio entre la UE y Mercosur, que amenaza con la entrada de nuevos productos agrícolas latinoamericanos a un precio más bajo y los exigentes requisitos medioambientales de la UE que lastran la competitividad.



El mundo rural sufre un enorme deterioro ante el que no se actúa. Se habla de la España Vaciada mientras permitimos que en pueblos casi abandonados continúe el desgaste de su única actividad económica. Se les asfixia cuando la reglamentación, cada día más estricta para protegernos y proteger al medio, no debe ser cumplida por los productos que llegan desde fuera de la UE; cuando necesitamos aumentar sin fin la producción (porque cada vez consumimos más) pero a unos precios más asequibles, a pesar de que hay menos trabajadores; cuando el productor no tiene el control sobre los precios ni de venta ni de compra, y mientras estos se disparan, sus beneficios se reducen; etc.

Otra noticia también relacionada: Cataluña declara la emergencia por sequía, que afectará al 80% de la población. La Generalitat ha reconocido que la sequía es la más dura y profunda que han sufrido desde que hay datos, estando ahora mismo las reservas de agua al 16%. No muy lejos estamos nosotros, habiendo ya pueblos andaluces muy cercanos con restricciones al consumo de agua.

En el fondo de ambas cuestiones, la sequía y los problemas rurales se esconde un problema, que no siempre queremos ver y que, si lo hacemos, es tangencialmente: el cambio climático o la crisis ecológica; llámenlo como quieran. Venimos de unas semanas de enero con un tiempo primaveral, del que todos hemos hablado, aunque sea en el ascensor, para decir: "esto no es normal". Y es tan anormal que está afectando a todo lo que nos rodea.

Está cambiando la realidad del campo, con cosechas que disminuyen escandalosamente y variedades de cultivo que se tendrán que abandonar por otras con más rendimiento en secano. Lo sabemos muy bien con la caída de la producción del olivar y la fuerte subida del precio del aceite, que no parece que vaya a cambiar en el corto plazo, y que muestra los problemas a los se enfrenta la agricultura por la sequía, el estrés hídrico y las altas temperaturas. Cambiarán también nuestras vidas cuando las restricciones de agua, ante embalses en mínimos históricos, se generalicen.

Y ante estos problemas pocas veces adoptamos actitudes de concienciación y de cambio profundo. Es cierto que los primeros que no lo hacen son aquellos que tiene más responsabilidad (quienes nos gobiernan y quienes provocan el mayor consumo de recursos y la mayor contaminación). Porque es incomprensible que ante el problema rural o los meses sin lluvia, gastemos tiempo y recursos en otras cosas: Ayuso con la Fórmula 1 en Madrid, el ministro Puente con la ampliación del aeropuerto de Barajas, la Generalitat con la NASA catalana, Moreno Bonilla pidiendo a Bruselas el Fondo de Solidaridad para la sequía pero con sus campos de golf mientras Doñana se seca, etc. Porque es indignante que nos sigan repitiendo que los embalses están vacíos sólo "por la sequía" cuando sabemos, por ejemplo, que Iberdrola y otras eléctricas han estado vaciando pantanos en mitad de la sequía para producir electricidad. O que cuando se declara la emergencia por sequía en Cataluña, esta no afecte al sector turístico, ya que no se establecen topes de consumo para hoteles y campings, ni para determinadas piscinas privadas. Como en todo, siempre ha habido clases, por lo que se culpabiliza a la población para justificar que las consecuencias negativas van a recaer en los que son menos responsables del problema.

Pero también es cierto que, aunque no vamos a solucionar la crisis ecológica sólo porque aumentemos el reciclado; nuestra visión del problema es parcial, y desenfocada. Tendemos a creer que es un problema futuro, que no nos va a afectar directamente y que, aunque nadie quiere dejarle "un mundo destrozado" a sus hijos, ya lo solucionarán los que vengan después. Y no es así. O empezamos a hacer algo, o habrá poco que cambiar después.

A veces creo que conseguiríamos verlo de otro modo si se planteara primero como una cuestión económica, porque todos entendemos claramente que "con las cosas de comer no se juega". Quizás así apreciaríamos claramente la dimensión del problema y estaríamos dispuestos a adoptar medidas para conseguir un cambio trascendente.

Por ejemplo, podríamos ver la crisis agraria como el resultado de una economía alimentaria destrozada por los costes ocultos de los alimentos. Es decir, la pérdida de rentabilidad del campo es mayor aún de la que denuncian los agricultores puesto que mantener un sistema de alimentos baratos genera enormes costes que desconocemos y que convierte el problema en estructural.

Un reciente estudio ha cuantificado en 15 billones de dólares anuales el impacto sobre el cambio climático, la salud humana, la nutrición y los recursos naturales de producir alimentos abundantes y baratos. El modelo es insostenible y, o se transforma o terminaremos pagando todos esos costes nosotros, tanto los agricultores que se quedarán sin actividad como los consumidores por el aumento de los precios y la inseguridad alimenticia.

Otro ejemplo. Asistimos muchas veces a debates sobre los árboles en nuestras ciudades, sus cuidados y su poda, su mantenimiento o la necesidad de plantar más. Y nos solemos mantener al margen porque parece que sólo afecta a unos cuantos. Bueno, vamos a cuantificarlo. Según un estudio, las consecuencias de la desaparición de árboles en Toronto hace unos años fueron la subida de la temperatura (casi 2 grados), el aumento del gasto energético (un 15%) y la reducción del valor de las viviendas (un 4% cada 10 árboles). ¿No son suficientes los perjuicios materiales como para empezar a cuidar nuestros árboles?

En Jaén sabemos de las consecuencias de tomar medidas de emergencia ante la sequía o de permitir prácticas que no se eliminaron al volver las lluvias. Así hemos ampliado regadíos, aumentado la sobreexplotación y contaminado acuíferos y los humedales a los que alimentan. ¿Vamos a dejar que una nueva sequía siga destruyendo nuestra agricultura y aumentando el precio del aceite hasta que ya no podamos más?

Se trata de problemas que nos afectan ahora y nos afectarán en el futuro, no sólo por una cuestión ética sino, sobre todo, económica y de supervivencia. El colapso ecológico al que nos dirigimos es una gran crisis económica, social y política. Y todos tendríamos que empezar a verlo así, ya que no deberíamos seguir jugando con las cosas de comer.