Hay semanas en política que parecen llenas de noticias distintas. Sin embargo, cuando uno levanta un poco la vista descubre que todas cuentan la misma historia. Esta ha sido una de ellas.
Dos debates aparentemente inconexos han terminado dibujando el mismo retrato del Partido Popular: un partido que ya no decide el terreno de juego sobre el que quiere disputar la política española, sino que acepta jugar en el que otro le señala. Y ese otro tiene nombre: Vox.
No hablo de pactos. Los pactos pueden ser necesarios. Tampoco hablo de acuerdos parlamentarios. Hablo de algo mucho más profundo: quién marca el relato, quién fija los conceptos y quién obliga al adversario a cambiar de posición.
El primer ejemplo lo hemos visto con lo que algunos han bautizado, de forma interesada, como la "ley de nietos". De repente, el debate público ha girado alrededor de una supuesta operación para fabricar nuevos votantes. La acusación suena contundente. El problema es que no resiste un análisis serio.
Esa norma no nació para alterar el censo electoral ni para beneficiar a ningún partido. Nació para reparar una injusticia histórica, permitiendo recuperar la nacionalidad española a descendientes de personas que ya eran españolas y que la perdieron por circunstancias políticas e históricas extraordinarias. No tiene absolutamente nada que ver con los procesos de regularización de inmigrantes, que obedecen a otra lógica jurídica completamente distinta. Tampoco convierte en votantes a quienes antes no lo eran por arte de magia: simplemente reconoce como españoles a quienes adquieren legítimamente esa condición, exactamente igual que ocurre con cualquier otra vía de acceso a la nacionalidad.
Pero eso era lo de menos. Lo importante era instalar la idea de una supuesta "fábrica de votantes". Vox lo hizo. Y el PP decidió seguir ese camino, aunque durante años jamás hubiera planteado esa objeción.
Cuando aceptas discutir con las palabras de otro, has empezado a perder la discusión.
El segundo ejemplo ha sido todavía más revelador.
Hace apenas unos meses, Juan Manuel Moreno Bonilla rechazaba la llamada "prioridad nacional". Llegó a calificarla de engaño e insistió en que no cabía dentro del marco jurídico español. Ahora resulta que esa misma expresión pasa a formar parte de los compromisos políticos de su Gobierno.
No es una rectificación fruto de nuevos datos ni de una reflexión jurídica distinta. Es, sencillamente, una adaptación a una nueva necesidad política. Y es inevitable acordarse de Groucho Marx: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros". Ahora, Juanma se nos ha hecho marxista.
Rectificar no es un pecado. Al contrario. Los buenos gobernantes rectifican cuando la realidad demuestra que estaban equivocados. Lo preocupante es cambiar de principios únicamente porque cambian las condiciones para conservar el poder.
Lo más llamativo es que esta situación no era inevitable. Porque la historia reciente demuestra que había alternativas.
En Alemania, la CDU ha vivido enormes tensiones internas por el ascenso de AfD. Ha endurecido algunos planteamientos en inmigración, sí, pero ha mantenido una línea roja muy clara respecto a la extrema derecha: puede asumir que una parte de sus votantes comparte determinadas preocupaciones, pero se niega a convertir a AfD en el director ideológico del conservadurismo alemán.
En Francia, tras años de crisis de la derecha tradicional, el debate también ha sido intenso. Ha habido dirigentes partidarios de competir con el discurso de la extrema derecha y otros que han defendido reconstruir un proyecto propio, precisamente porque entendían que copiar al original solo fortalecía al original.
Incluso en Italia, donde Giorgia Meloni ha llegado al poder, la desaparición de buena parte del espacio conservador clásico no fue consecuencia de una derrota puntual, sino de años de renuncias, contradicciones y ausencia de un liderazgo capaz de ofrecer una alternativa reconocible.
Cada país tiene su historia y sería absurdo trasladar automáticamente esas experiencias a España. Pero todas dejan una enseñanza común: cuando un partido acepta que otro marque permanentemente el marco del debate, acaba discutiendo siempre en campo ajeno. Y en política, jugar siempre en el terreno del adversario rara vez termina bien.
Toda la derecha europea se enfrenta al mismo desafío: el crecimiento de la extrema derecha. No existe una única respuesta. Algunos partidos han levantado cordones sanitarios. Otros han endurecido posiciones. Algunos han pactado. Otros han competido desde una identidad propia. Se puede estar de acuerdo o no con cada estrategia. Pero todos han comprendido algo esencial: si renuncias a liderar tu espacio político, alguien lo ocupará por ti.
Y ahí es donde aparece, en mi opinión, el verdadero problema de Alberto Núñez Feijóo.
Durante mucho tiempo se nos presentó como un dirigente tranquilo, prudente y de sentido común. Pero la prudencia no consiste en esperar a ver qué dice otro para decidir qué piensas tú. La moderación tampoco consiste en cambiar de posición cada vez que el tablero se mueve.
Un líder fija el rumbo. Explica a los suyos por qué toma una decisión, incluso cuando resulta incómoda. Asume el coste de defender una idea si cree que es correcta. Lo contrario no es pragmatismo. Es ir siempre un paso por detrás.
No creo que el principal problema del PP sea Vox. El principal problema del PP es haber aceptado que sea Vox quien defina las preguntas a las que debe responder. Y eso tiene consecuencias mucho más profundas que un titular de una semana. Porque cuando un partido deja de explicar el país con sus propias ideas y empieza a hacerlo con las de otro, termina pareciéndose cada vez más a aquello que pretendía combatir.
No creo que Alberto Núñez Feijóo haya aprendido de lo que está ocurriendo en Europa. Empiezo a pensar algo más preocupante: que ya no puede aprenderlo. Porque para corregir una estrategia hace falta reconocer primero que existe un problema. Y el problema no es Vox. El problema es creer que seguir a Vox es una forma de derrotarlo.
Un líder no puede seguir a otro líder. En el mismo instante en que lo hace, deja de ser un líder para convertirse en un seguidor.
Quizá ese sea el auténtico drama del Partido Popular. No que exista una fuerza situada más a su derecha. Eso ocurre en casi toda Europa. El verdadero drama es haber renunciado a disputar el liderazgo de ese espacio con ideas propias y haber aceptado discutir siempre en el marco mental del adversario.
Porque un país no necesita políticos que vayan detrás de los acontecimientos. Necesita dirigentes capaces de anticiparse a ellos. Necesita líderes que marquen el camino, no que se limiten a seguir las huellas de otros.