Tribuna
Ignacio J. García García

Escolarización, ¿una cuestión de suerte?

Tras la peligrosa trivialización de los efectos de la pandemia por coronavirus y la lamentable banalización ola tras ola de la enfermedad que tanto dolor ...

 Tras la peligrosa trivialización de los efectos de la pandemia por coronavirus y la lamentable banalización ola tras ola de la enfermedad que tanto dolor y muerte ha provocado, impactaron las campañas de la AECC y el CNIO frente a la otra gran pandemia, desgraciadamente endémica, el cáncer. La AECC impresionó con dos lemas: “El código postal afecta más que el código genético en la desigualdad frente al cáncer” y “La tarjeta de crédito afecta más que la tarjeta sanitaria”. El CNIO sobrecogió y estremeció con el lema “La lotería que más te toca” para concienciar sobre la importancia de la investigación en la lucha contra el cáncer. Esta sociedad parece inmunizada contra la evidencia y avanza instintivamente perpetuando errores, esclava de la productividad y la mera supervivencia, olvidándose de que el ser humano no es invulnerable. Estamos llegando a un punto de no retorno donde nunca nadie es responsable de nada.

En medio de este desolador panorama en el cuál los mayores determinantes de la salud parecen sociales o azarosos, uno se pregunta si también los mayores determinantes de la educación son sociales o azarosos, si el código postal (ubicación del centro), la tarjeta de crédito (titularidad del centro) o la lotería de los sorteos en los procesos de escolarización (sí, aún se contempla el sorteo para dirimir plazas) afectan más que otros factores en la desigualdad en educación. Efectivamente, la desigualdad educativa en España – y en Andalucía, en particular - es un hecho constatado por numerosos informes y estudios nacionales e internacionales; un problema endémico agravado por la pandemia, que ha destapado todas las vergüenzas de un igualitarismo engañoso. Existen muchas diferencias entre centros de distintas comunidades, centros de distintas provincias, centros de entornos rurales y entornos urbanos, centros de zonas de expansión, zonas céntricas y zonas periféricas. Existen muchas diferencias entre centros públicos y centros privado-concertados, dos redes educativas actualmente complementarias.
Para combatir las diferencias y que el desfase educativo no sea un calco del desorden social, podríamos seguir reivindicando vehementemente la manida bajada de ratio en todas las etapas (y lógicamente, la supresión del incremento del 10% adicional), así como reclamar con firmeza una revisión profunda de criterios de admisión para una redistribución equitativa de alumnado (sobre todo, alumnado con necesidades educativas específicas) que palíe la falta de matrícula en algunos centros (condenados a la supresión de unidades con posterior cierre) y atenúe las futuras altas tasas de abandono temprano y fracaso escolar en determinadas zonas. También podríamos seguir exigiendo medidas en la planificación de la oferta educativa (p. ej.: eliminación del concepto de “demanda social” para evitar la discriminación positiva) o reclamando actuaciones como un ajuste más preciso en la delimitación de las áreas de influencia y limítrofes o modificaciones en el transporte.

Todo en aras de conseguir una verdadera igualdad de oportunidades en el acceso al sistema educativo y evitar el patético mecanismo del sorteo previsto en el artículo 30 del Decreto 21/2020. Parece que el azar fuese una astucia humana para evitar la multiplicidad y dicho sorteo una fuga del cálculo previsto. Leyendo La lotería de Babilonia de Borges, el Azar afirma que “¡ninguna imperfección más justa que la de la Suerte!”. Puestos a confiar una plaza a la Suerte, ¿no debería el azar gobernar todas las etapas del proceso previas al sorteo? Se podrían modificar las instrucciones para someter todo el procedimiento de admisión al azar, quizás así habría un reparto más justo y desconcertante.

En el fondo, propuesta fútil, esfuerzo estéril, demandas vanas. Como siempre, se repetirá la historia de esta impostura reprobable. Ya está bien de perder el tiempo con premisas menores que no solucionan este proceso de selección y exclusión oculta, habría que negar la mayor. El sistema educativo debería erigirse como un sistema de cohesión social compensatorio con atención especial a los entornos más vulnerables. Si de verdad no queremos eternizar la injusticia que perpetúa la segregación socioeconómica y académica desde el acceso, el camino no son los sucesivos cambios legislativos que sólo pretenden maquillar los datos y los resultados. Luego, vaya, qué mala suerte, llega el lamento y los reproches por los resultados del informe PISA que sólo certifican cómo se está democratizando la mediocridad y banalizando la enseñanza.