Agenda constitucional

Gerardo Ruiz-Rico

Y entonces decidieron y a la huelga

Inmigrantes con y sin papeles, arraigo y demás excusas para la discriminación

Aquella mañana Isabel no pudo sentarse en ninguna terraza del viejo Madrid para tomar sus cañas habituales con sus amigos. Sin duda resultaba algo extraño. La pandemia había desaparecido; se había olvidado en poco tiempo por una castigada humanidad entonces en peligro de extinción. Sin embargo, ese día no se encontró a nadie dispuesto a servir las mesas ni atender los deseos de la clientela, en aquel espacio público al que un Gobierno de una Comunidad consideró inmune al virus asesino.

Alberto llegó a su hotel en la capital del Reino después de un fin de semana en la bella y verde tierra de sus ancestros. Pero nadie le abrió la puerta ni hubo forma humana de hacer el check-in. Las kellys habían desaparecido también y todo estaba manga por hombro. Ni soñar con una habitación limpia; a no ser que Alberto quisiera compartir las sábanas utilizadas por el cliente del día anterior.



Tampoco Santiago encontró aquella mañana a la mucama ecuatoriana que limpiaba su casa durante la semana. Los restos de comida y ropa sucia estaban amontonados en la cocina, a la espera de que alguien pusiera algo de orden en aquel caos doméstico. Pensó que quizás aquello podía ser el castigo divino por un pecado más que venial; el de sus propias palabras, arrojadas a sus enfebrecidos seguidores, durante el mitin de la penúltima campaña electoral (prioridad nacional).

Abuelos y abuelas, españoles todos y por supuesto nacionales, no pudieron salir aquella mañana de autos y misterio para tomar algo de eso tan necesario y que llaman la vitamina del sol. Tuvieron que resignarse a eliminar de su agenda cotidiana el paseo donde recuperaban, con la ayuda de una compañía de piel morena, algo de bienestar en los años postreros de su vida.

Los padres y las madres lucharon contra el reloj por llegar a tiempo para recoger a sus hijos en las puertas de los colegios. Habían escapado de sus lugares de trabajo, y con la ansiedad pintada en sus rostros, intentaban evitar la inquietud y algunas lágrimas de los más pequeños, al ver que nadie venía a recogerlos, ni siquiera la chica de acento extraño que estaba allí siempre, diligente sustituta que con una sonrisa en su boca, recibía el cariño de su primer abrazo.

En aquel día donde reinó la distopía, los tomates y pimientos de los invernaderos de Almería quedaron sin recoger, víctimas de ese calor asfixiante que los jóvenes del país no estaban dispuestos a soportar. La culpa la tenían esos brazos caídos de moros y negros, así los llamaban los lugareños de raza blanca y cristianos antiguos, que malvivían en chozas de hojalata en medio de un inhóspito desierto, tan cinematográfico eso sí, pero ajeno a la aventura que suponía para tantos ejercer el viejo y primitivo oficio de recolector.

En fin, quedaron todos los residentes legales, arraigados al brillante pasado de nuestro imperio, sentidos patriotas ante el orgullo nacional, esperando que del cielo les lloviera la ayuda de aquellas -para ellos- sombras de humanidad, esa especie sin rostro y - quieren no pocos- sin derechos,   que conviven con nosotros y para nosotros, permitiendo que nuestras vidas no sean la pesadilla que todos ellos y ellas esperaban borrar cuando alcanzaron las playas de esto que oficialmente se llama España.