Desde el adarve
María Dolores Rincón

Tradición oral

A menudo, cuando se habla de la defensa y conservación del patrimonio, pensamos en restos arqueológicos, piezas artísticas de diferente índole, documentos...

A menudo, cuando se habla de la defensa y conservación del patrimonio, pensamos en restos arqueológicos, piezas artísticas de diferente índole, documentos, instrumentos científicos…, un patrimonio material, tangible, identificado con espacios, monumentos, objetos. Bienes acumulados durante muchos siglos y que nos pertenecen a todos, de ahí que se conviertan en objetos protegidos por medio de leyes específicas.
Sin embargo, existe también un acervo de bienes transmitidos de manera inmaterial y que forma parte de nuestra manera de ser, de nuestra manera de mirar el mundo. Ningún legislador se ha empeñado en proponer leyes para defenderlos de la desidia o de la invasión foránea que los anula. A veces se ha recurrido al amparo de la UNESCO para que los declare patrimonio de la Humanidad, como una tabla de salvación que justifique subvenciones o su difusión. No hay leyes que obliguen a mantener vivo un patrimonio trasmitido de boca en boca por generaciones y sin apenas reflejo en la escritura. Nadie lo protege de una colonización anodina que elimina lo peculiar en aras de una uniformadora globalización, en donde se imponen modelos tan distantes de nuestra cultura. Se multa, se sanciona severamente a quien irrumpe con medios mecánicos en un espacio arqueológico, a quien atenta contra una especie protegida. Y así debe ser, pero nadie multa, sanciona o apercibe a quienes han fomentado de manera pertinaz, desde el comercio o desde la escuela, celebraciones o fiestas que han arrasado o solapan tradiciones seculares. Algo así es lo que ocurre con el patrimonio de transmisión oral. Un patrimonio desprotegido, muy vulnerable porque se sustenta en la memoria y depende de un ritmo de generaciones que hoy ya no se identifica con él, porque nadie les explica sus claves, porque muchas de sus referencias han quedado obsoletas o han sido sustituidas por elementos que nos vienen de fuera. ¿Quién cantará hoy canciones ligadas a oficios o tareas desaparecidas, a juegos infantiles sin espacios públicos? Y, sin embargo, habría que protegerlo como se protege una muralla medieval o unas termas romanas, aunque hayan perdido su funcionalidad y se vean mermadas. Habría que protegerlo porque refleja las vivencias individuales y sobre todo colectivas impresas en el ADN del grupo del que formamos parte.

Pensando en estas cosas, hay motivos sobrados para celebrar la reciente publicación del libro Poemas breves de la tradición oral jiennense. La imagen de la mujer, una importante recopilación de textos de literatura oral. Un libro de esta naturaleza se convierte en la salvaguarda de unas tradiciones orales condenadas al olvido, o a su completa desaparición porque su supervivencia va ligada a la de los informantes que las han atesorado durante muchos años. Se trata de una recopilación que nos brinda a cada paso ocasión para la evocación, para la sonrisa o la carcajada, y también para la reflexión, que nos acerca a un pasado inmediato, familiar, que se está disolviendo a grandes pasos en una cultura que uniforma y al mismo tiempo aísla.

Su autora, la profesora Lourdes Solves, con la paciencia propia del artesano, o de la bordadora, ha sabido agavillar, ensartar durante años, textos que forman parte del patrimonio oral de la provincia de Jaén. Este corpus es mucho más que una medida de rescate, mucho más que un archivo conservador, ante todo, es una necesaria sugerencia del modo en que puede sobrevivir un patrimonio basado en la memoria.
La recopilación nació en las aulas universitarias con el concurso de los aprendices de maestro, a los que su profesora les inculcaba la validez de estos materiales como recursos didácticos en edades infantiles: juegos relacionados con la psicomotricidad, trabalenguas, adivinanzas, cuentos mínimos y de nunca acabar, burlas infantiles… Los futuros maestros comprendieron la importancia y la urgencia de salvar y conservar esta riqueza abocada a su desaparición. Se percataron de su validez didáctica y se dieron cuenta de que es en la escuela y desde la infancia como hay que rescatarlo, como hay que defenderlo de las extravagantes celebraciones o de los juegos de pantalla que nos imponen intereses tan ajenos a los nuestros. Con este libro la profesora Solves ha encontrado el modo de continuar su magisterio ofreciendo un importante caudal de materiales didácticos.
El libro, publicado por la Diputación Provincial, pone a salvo y rescata letras con las que nos arrullaron, con las que aprendimos el ritmo, la participación en grupos, y el dominio físico de los movimientos de nuestro cuerpo en edades tempranas. Textos protagonistas de nuestras diversiones, letras de nuestros juegos y de nuestras burlas. Detrás de la literatura oral hay también una visión del mundo enraizada en la propia cultura; por medio de ella se nos han trasmitido y conservado valores, en buena parte hoy cuestionables, pero que el evocarlos nos proporcionan el necesario distanciamiento o extrañeza para caer en la cuenta de que aún, casi a hurtadillas, siguen actuando. De ahí el esfuerzo de la autora por descubrir, desde un feminismo sin aspavientos y a través de las letras de adivinanzas, burlas, canciones, etc., cómo se han conformado desde la niñez hasta la edad adulta las diferencias entre hombres y mujeres.



Sin duda, el presente libro supone un esfuerzo que cuenta con importantes precedentes, pero ofrece la novedad de abarcar la provincia de Jaén y de engrosar la apuesta por Jaén de nuestra universidad, como lo es también el Corpus de literatura oral, de carácter internacional y multilingüe, dirigido por el profesor David Mañero.