Detrás de la columna
Juan Manuel Arévalo Badía

Cosas de chiquillos

Andaba de la mano con mi nieto de nueve años camino del bulevar y junto a la estación de ferrocarril, me dice que pronto pasará el tren. Me resultó un tanto...

Andaba de la mano con mi nieto de nueve años camino del bulevar y junto a la estación de ferrocarril, me dice que pronto pasará el tren. Me resultó un tanto extraño que tuviera conocimiento del horario de servicios, pero vamos que con los pocos que hay tampoco se necesita una memoria euclidiana para retenerlos. Ahora me señala hacia los raíles de la alfombra verde y me doy cuenta que no se refiere al tren. Le aclaro que eso se llama tranvía; le explico cómo funciona y le enseño que se mueve con electricidad a diferencia de los autobuses que lo hacen con combustible. El abuelo le da vueltas al tema y hace una pregunta para darle el pedestal necesario y oportuno a esta columna. -¿Qué es mejor el autobús o el tranvía?-, -El tranvía, abuelo- . Y se sorprende uno que a tan corta edad, un infante resuelva de forma rápida, lo que una población rechazó. Es como aquella poesía que nos enseñaban de chicos: “Admirose un portugués de ver que en su tierna infancia, todos los niños en Francia, supieran hablar francés”. Reconozco de forma agradable que estas nuevas generaciones que nos van a suceder van tomando conciencia de cómo cuidar el medio ambiente, educados en el principio de hacer de la necesidad, virtud, a falta de una asignatura denominada ciudadanía, satanizada por quienes entienden que se adoctrina, que son los mismos a los que se les atragantó la Ley Moyano de 1857 por la que la enseñanza pasaba a ser pública, gratuita y universal. Un peligro, el fomento del saber y del libre pensamiento. Quisieron detener el progreso, y así siguen poniendo palos en la rueda. Y es que hace una década el canovismo volvía al palacete de los Condes de Montemar, apoyado por la sección transportada de esta vieja pupa política de la connivencia de intereses. Apostar por una ciudad sostenible con medios de transporte limpios, no era lo suyo, si venía de un proyecto de la bancada “enemiga”, que utilizo entrecomillada, puesto que ese era el tratamiento que el primer edil de entonces les daba, mediante los eufemismos correspondientes. Los años les van quitando la razón, cuando los proyectos europeos caminan desde hace tiempo bajo la dirección de las sostenibilidad y las energías no contaminantes. Pese a todo, en el colectivo ciudadano hay una “sumisión paciente de pretendido fatalismo oriental a condiciones que se creen inalterables”, calificación que da el historiador Paul Preston, a actitudes asentadas secularmente, como esa lluvia fina y constante que parece no mojarnos, pero que nos empapa y traspasa finalmente la ropa más recia. Para remediar esto, existen los paraguas. Mientras, yo sigo esperando a que pase el tranvía.