Detrás de la columna

Juan Manuel Arévalo Badía

Una pena de vida

A los ciudadanos marroquíes Ahmed Tommoui y Abderrazak Mounib los condenaron, no por ser sospechosos, sino por su origen

Hay un viejo principio invocado en el mundo de la justicia y de su aplicación: Más vale un delincuente en la calle que un inocente en la cárcel. Pero una cosa son los principios y otra la sociedad farisaica. Lo mediático en su ansia de transformar la noticia en venta, es decir en cuota de lectores, oyentes o pantalla, juzga y condena al jaleo de las tejedoras de la place de Revolution, cuando la cuchilla de la guillotina separaba la cabeza del tronco a sus conciudadanos. A los ciudadanos marroquíes Ahmed Tommoui y Abderrazak Mounib los condenaron, no por ser sospechosos, sino por su origen. Ahora salen a la luz la poca consistencia de los elementos probatorios y se justifica simplemente por el parecido físico. Era necesaria una condena que calmara y diera satisfacción, no a la justicia sino al “respetable”. Tarde ya, las propias víctimas de la agresión piden disculpas para intentar lavar su error al señalarlos como los agresores. A ambos se les ha aplicado una pena de por vida que es lo mismo o peor que una muerte. Una vida penando para intentar demostrar su inocencia. Una vida perdida. Una familia perdida. Todo perdido salvo la vida física si es que puede llamarse vida a ese calvario. Quince años de pérdida de libertad. Y luego viene lo peor: diecisiete años para reconocerle los aplicadores de la ley de forma oficial su inocencia. Es decir una accesoria de agravamiento, o quizás un ensañamiento por ser pertinaz en demostrar su inocencia y lavar su honor. ¿Cuánto vale el honor de Ahmed? Más que una vida y sobre todo más que el de las señorías que lo condenaron y de quienes fueron ratificando una sentencia injusta. Hay un dicho muy popular: La justicia es igual para todos, la sentencias, no. Debo insistir en que lo peor de todo este escandaloso proceso, ha sido el retraso ominoso en su resolución final. Han tenido que ser ciudadanos investigadores de este caso los que han considerado que el honor no es patrimonio del alma, sino de Ahmed. ¿Cuál ha sido la repercusión que ha tenido esta noticia en la opinión pública? Realmente ha durado un artículo sin más comentarios. ¿Saben cuál es la respuesta general que me dictan los valores al uso de esta sociedad? Un error lo tiene cualquiera. Como decía un diario de principios del siglo pasado, sobre un accidente ferroviario: afortunadamente los muertos eran de tercera clase.