Una de las conversaciones de estas fiestas (bueno, en realidad fue más una bronca por mi parte a mentes en crecimiento) fue sobre las consecuencias del consumo desmesurado en todos los sentidos y la repercusión que tiene este despropósito sobre el planeta. Ellas, dos adolescentes con más interés en cuidar su imagen que de conocer la verdad y las consecuencias del lavado de cerebro al que nos llevan sometiendo años, con el consiguiente éxito del culto a la imagen personal, los outfits que llaman ahora las entendidas en tendencias roperas, defendían con vehemencia que lo que yo decía podía llevar razón, pero que ellas no podían hacer nada por cambiar el mundo. Justo en ese punto, me imaginé a mí mismo fustigándolas a base de latigazos, atadas ellas a un rulo en la plaza del pueblo como antaño se apañaban las cuentas.
Pero no, la violencia no puede tener cabida en la vida de alguien como yo, que solo aplica la violencia en el mundo de los sueños. A pesar de su negación sobre los resultados negativos que la industria textil tiene sobre el ecosistema y la contaminación que produce, ellas seguían defendiendo que la acción de una sola persona no tiene consecuencias positivas, negando así el posible efecto mariposa de una revolución que está tardando en llegar. Es la historia de la humanidad, máxime, cuando ni por asomo en los hogares del mundo se plantea algo así. Creemos que el medio ambiente, los ríos, las playas, los pantanos, los bosques, se regeneran solos y solos se encargarán de no morir. Pues va a ser que no, queridas, va a ser que no. A este ritmo de consumo terrorífico, de querer ir siempre a la última, de mantener con alfileres esa teoría de las chicas de que una sola persona no puede hacer nada, nos llevará sin remedio a una situación a la que poco le queda ya para ser irreversible, según nos lleva advirtiendo la ciencia muchos años.
Este planeta no nos merece. Desde su aparición, el capitalismo agresivo en el que vivimos desde que le abrimos las puertas de nuestras casas, nos convenció de que esta es la forma correcta de actuar. Crearon una comodidad ficticia que compramos pagando duros a cuatro pesetas, aceptando que la industria de la ropa y el despilfarro de comida es lo habitual. Sumémosle también los combustibles fósiles, los plásticos, el poco desarrollo del transporte público o el derroche de agua potable en casa y tendremos nuestro particular Stranger Things allí donde vivimos. Vale que alguien como estas chicas no sepa, o no quiera saber, cuál es la realidad científica, pero es muy lamentable y dice muchos de nosotros como especie, ver a gente de una determinada edad comportarse igual que estas jóvenes. No hemos aprendido nada ni queremos hacerlo.
Este planeta es una bomba de relojería y nuestra raza no está hecha para ponerlo en hora. Eso sí, los centros fabriles donde se producen todos estos productos que consumimos como si el mundo se fuese a acabar mañana, lejos de nosotros, no vaya a ser verdad que contaminan ríos y mares. Mientras podamos hacer pedidos por internet, aunque sea traer desde China un artículo que cuesta un euro y que no nos sirve para nada, qué más nos da. Y ropa, y más ropa, «que no tengo nada que ponerme». ¿Dónde está el ángel exterminador cuando se le necesita? ¿O qué tal un buen diluvio? ¿Y una plaga de langostas? Venga, lo que sea para ponernos en nuestro sitio, que nuestros hijos y nietos nos lo agradecerán. Al final, todo se resume en esa comodidad inducida y falsa por la que nos hemos dejado embaucar y que nos hace creer que esta vida de termitas que llevamos durará eternamente. Aquí lo importante es nuestra imagen, que nos vean elegantes. Idos a tomar…
Que el mundo es un mal lugar para vivir, no me cabe duda. Salvo por esas personas que desde su humilde baldosa intentan por todos los medios ser consecuentes con un estilo de vida más austero y que cuidan lo que es de todos, a sabiendas de que su esfuerzo, que para nada lo es, no servirá de nada gracias al desprecio que tenemos por nuestro hogar azul. Pero ahí siguen, demostrando que todo comienza por lo que hacemos cada una de nosotras, conscientes de que, al menos, hay una persona en el planeta que lo quiere. Estas son las personas que merecen la pena, básicamente, porque ellas sí se preocupan por ti y por mí aunque no nos conozcan de nada y jamás sabrán nuestros nombres. Pero nos quieren en su estrategia porque saben que la tierra y el agua son la base de todo ser vivo, incluidos los que, a estas alturas de artículo, con toda seguridad habrán realizado otra compra absurda e inútil más.
Mientras tanto, tras otro nuevo clic aceptando una nueva compra, en otras latitudes demuestran los villanos la veracidad de esto que os cuento. Asesinatos por petróleo, tierras raras, control del mercado y estrategias geopolíticas, son los palos con las zanahorias que nos hacen creer que es por nuestro bien. Ilusos ignorantes. Que levante la mano quien piense que estas acciones son para restaurar democracias o por el bien común. Vale, vale, bajadla todas, que ya veo que nuestra capacidad de escucha y aprendizaje es escasa. ¿En serio? ¿De verdad seguimos así a estas alturas de la historia? Con la cantidad de expertos en política internacional, en economía de mercado y ecologismo que plagan los bares del mundo, no consigo entender cómo hemos llegado al borde del precipicio.
Somos lo peor que le ha pasado al planeta, la plaga bíblica de la que nunca nos han hablado las sagradas escrituras. Lamentablemente, aceptamos el vellocino de oro como dios supremo. Me he quedado sin argumentos para comprender nuestro comportamiento, más allá de pensar que, en realidad, nos importa un carajo nuestra especie y lo que ocurra con quien aún esté por nacer. Sea pues este camino de baldosas amarillas que nos llevará a un Oz oscuro del que nadie nos rescatará.
El tiempo se nos acaba y no habrá más culpables que los dueños de los rostros que cada mañana nos devuelve el espejo, No busquemos excusas donde no las hay, ya que los malos no son los que sujetan el palo delante de nuestras narices, sino quienes siguen como burros los designios de un mundo creado solo por y para unos pocos.