Estilo olivar

Juan José Almagro

Sobre fiestas y propósitos

Ignoro si para conseguir la tan deseada felicidad en estos tiempos navideños, hay que hacerse el idiota o serlo de verdad

Escribo a propósito de las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes Magos, es decir, de las vacaciones de invierno, cuando todo el mundo se va, o se pierde (excepto -entre otros- servicios, comercio, restauración, repartidores…) y las cosas siguen funcionando. En estas semanas hemos oído o pronunciado centenas de veces las palabras/frases clásicas: paz, feliz, felicidades, próspero, venturoso, te deseo lo mejor, año nuevo, gracias por todo y otras de parecida índole. Y cuando ha pasado la lotería sin rozarnos, alguna sentencia con mas solera todavía: lo importante es la salud, mientras -con cara de mala leche- juramos en arameo por la suerte del vecino al que le ha tocado la pedrea, o del cuñado al que le han enviado una cesta de Navidad, y a nosotros no. Así son las cosas.

Guardamos en nuestro interior lo mejor y lo peor. Acudimos a las comidas/cenas de empresa/trabajo, que son teóricamente de hermandad (?), con la sonrisa puesta y la mala leche guardada, esperando siempre tiempos mejores; a escondidas, pero sin demasiado recato, ponemos de hoja perejil al jefe, seguramente con razón, aguardando ansiosos (y más en estos tiempos) una subida de sueldo que nunca es suficiente, o un ascenso que tampoco llega. Hacemos actos de contrición (¿todavía existe eso?) y nos ponemos deberes para los doce meses que principian en enero; escribimos un relatorio de buenos propósitos y nos comprometemos para dejar de fumar, beber menos, ir al gimnasio con regularidad, estudiar inglés, hacer más vida de familia, colaborar con alguna ONG, dialogar más, olvidarnos de los dogmas o ser empáticos con los que nos rodean. Queremos ser felices a toda costa, consumir menos y vivir mejor, seguramente porque en el fondo nos acordamos de lo que decía Aristóteles, que el hombre feliz necesita gozar sin dificultad de diferentes bienes exteriores.

Pero nos olvidamos de que estamos viviendo la era de la felicidad paradójica (Lipovetsky, 2007), y de que se ha puesto en marcha, animada por los “influencers” mercenarios, una nueva fase del capitalismo del consumo, la sociedad del hiperconsumo, que también reclama soluciones paradójicas. La búsqueda de la felicidad es un camino sin fin y el ser humano, en la época de la comunicación y del progreso -muchas veces confundido con la velocidad- es un ser desamparado. En un tiempo de transición, de incertidumbre, redes fecales y dogmatismos sin fin, de no saber muy bien donde se va, cobran sentido los versos del poema del ubetense Fernando Adam: “Irse tiene sus fronteras/ en un lado lo que dejas/ en el otro lo que esperas.”



En feliz y acertada expresión de Bauman, estamos transitando de una modernidad ‘sólida’ (estable y repetitiva) a una ‘liquida’; es decir, flexible y voluble, casi gaseosa, y las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven como marcos de referencia para la acción humana. La llamada cuesta de enero es un ejemplo de cuanto digo. Nos tocará pagar los excesos navideños y poner en marcha nuevas estrategias, sin olvidar que la estratregia es una respuesta global inteligente. Si no es global, será una simple táctica; si no es inteligente, será una tontería y no están los tiempos para estupideces. Hay que pedirles a las empresas e instituciones (y a nosotros mismos) que, además de hacer bien su tarea, satisfagan su función social. El mejor compromiso es que seamos capaces de cumplir con nuestro deber sin presumir demasiado, con coherencia y sin engaños, dialogando.

Con la que está cayendo, ignoro si para conseguir la tan deseada felicidad en estos tiempos navideños, hay que hacerse el idiota o serlo de verdad. Tengo la impresión de que en esta época no podemos buscar el absoluto. Seguramente lo importante no es ser feliz, sino merecerlo. Y no debemos desesperar. Jorge Luis Borges, mi amigo literario, tiene escrito, con razón, que “si en todos los idiomas existe la palabra felicidad, es verosímil que también exista la cosa, siquiera a modo de esperanza o de nostalgia. Algunas veces, al doblar la esquina o cruzar una calle, me ha llegado, no sé de donde, una racha de felicidad…” A todos nosotros espero que también nos alcance en 2024.