Régimen Abierto

Antonio Avendaño

Cristos, vírgenes y alcaldes

Es cierto que las imágenes veneradas por el pueblo han ganado la batalla al laicismo, pero no lo es que también lo haya hecho la Fe ni la Religión

 Cristos, vírgenes y alcaldes

Foto: EXTRA JAÉN

El alcalde de Jaén deposita el bastón de mando a los pies de Nuestro Padre Jesús.

Los activistas laicos que, con la razón constitucional y política de su parte, claman cada año por estas fechas contra la participación de los cargos políticos en las procesiones de Semana Santa o contra la extravagante concesión de honores institucionales a imágenes religiosas tienen la batalla perdida. Alcaldes y concejales de todas las ideologías han ido forjando durante las décadas democráticas una alianza emocional indestructible con cristos y vírgenes de todas las advocaciones imaginables. Revertir tan interesada aso-ciación político-espiritual se antoja a estas alturas poco menos que imposible.

Este mismo Jueves Santo, el alcalde socialista de Jaén Julio Millán depositaba, como ya es costumbre, el bastón de mando de la ciudad a los pies de Nuestro Padre Jesús, en reconocimiento a su título de Alcalde Perpetuo de la ciudad. Al igual que en años anteriores, la imagen guardó silencio ante el homenaje municipal y espeso, y mejor así, pues el día, Dios no lo quiera, que El Abuelo se decida a hablar, más de uno y más de dos quedarán públicamente señalados como unos redomados hipócritas y cobardones que no tuvieron el coraje de ser consecuentes con sus creencias, o más bien con la falta de ellas.
Hasta un alcalde de Podemos tan enérgicamente laico como José María González ‘Kichi’ acabó sucumbiendo ante ese clericalismo oportunista y light que profesan tantos regidores de España entera y le otorgó la Medalla de Oro de Cádiz a la Virgen del Rosario. Sus razones no confesadas fueron las de todos los alcaldes agnósticos o ateos: el miedo a perder votos. El mismísimo Pablo Iglesias llamó a ‘Kichi’ para pedirle explicaciones, pero quien salió ‘explicado’ fue el propio líder de Podemos, quien, en un ejercicio no se sabe si de candidez, de penitencia o de mera doblez, justificó así el viraje del alcalde morado:
"Admito que cuando me enteré no entendía nada y tuve que llamar a Kichi para que me lo explicara. Para alguien de Madrid suena raro y no encajaría en otros ayuntamientos que gobernamos. Pero él me convenció. Me habló del carácter de dignidad popular que significaba esa Virgen y que en una ciudad como Cádiz, con esa tradición anarquista y liberal, esa Virgen, tan vinculada a las cofradías de pescadores, no va unida al conservadurismo que nos podría parecer desde fuera. Yo creo que Kichi lo ha manejado de una manera muy laica en el sentido de que se trata una muestra de respeto a los sentimientos populares demostrando que hay que convivir con distintos pareceres y tradiciones. Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo".

Como diría José Mota: “No te pido que me lo mejores, solo iguálamelo”. El líder pintado por las derechas como el mayor comecuras que vieron las Españas desde la Segunda República se había reconvertido, como Saulo, en el hermano Pablo. Lástima que Iglesias no trasladara su proclamado “respeto a los sentimientos populares” a una resolución de su partido en la que, en consonancia, con “el respeto a esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo”, se desautorizaran irrespetuosos desnudos como el protagonizado por la concejal madrileña Rita Maestre en la capilla de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense.
Nombrar Alcalde Perpetuo de Jaén al Abuelo u otorgarle la Medalla de Oro de Cádiz a la Virgen del Rosario parecerían a primera vista victorias de la religión, pero en realidad son victorias de la política, concretamente de la política en su versión más incoherente y frívola. Los alcaldes rojos no se prosternan ante los cristos y las vírgenes como muestra de respeto al pueblo, sino más bien como síntoma de miedo a él. No lo hacen por temor al fuego eterno sino por terror a una derrota electoral.



La izquierda española que hizo posible la Transición era entonces muy consciente de que la cuestión religiosa había envenenado el clima social y deteriorado la concordia civil durante la República. Pocas cosas hicieron tanto daño a la imagen internacional del nuevo régimen como los incendios anticlericales. Cuarenta años después de aquello, la izquierda puso buen cuidado en no equivocarse de nuevo: ir al choque frontal con la Iglesia habría sido temerario. La izquierda lo sabía. Y la derecha también. Tan bien lo sabía la derecha que, en aquel comprometido trance, logró salvar no ya la enseñanza de la religión católica en los colegios, sino que el Estado finan-ciara los centros concertados sin que estos tuvieran la obligación efectiva de aceptar alumnos que no pudieran pagar unas tasas lo bastante elevadas como disuadir a las familias pobres de intentar sentar a sus hijos en los mismos pupitres en que lo hacían los alumnos acomodados. Los centros concertados son atractivos para los padres no porque su enseñanza sea de mayor calidad que la de los centros públicos, sino porque los amiguitos que allí harán sus hijos no serán unos pobretones que no tengan donde caerse muertos.

De aquellos polvos de la Transición, estos lodos de la Semana Santa. Leves lodos, en todo caso: es muy cierto que vírgenes y cristos han ganado la batalla, pero no lo es tanto que lo haya hecho la Fe ni la Religión; ni siquiera la Iglesia, cuyas doctrinas en materia sexual o de costumbres son sistemáticamente ignoradas por la inmensa mayoría de sus fieles desde hace décadas. No es que la fe exhibida por el público en las procesiones sea falsa o provisional. La devoción de tanta gente de Jaén al Abuelo es franca y genuina, pero eso no hace, ni remotamente, de Jaén una ciudad clerical. La fe en las vírgenes y cristos de Semana Santa o en las patronas de cada ciudad y cada pueblo se parece más a la fe politeísta y algo descreída y bullanguera de griegos y romanos a los cánones teológicos impuestos no ya por Trento sino incluso por al mismísimo Vaticano II.

Aunque aquí ni dios respete ni se tome en serio la aconfesionalidad del Estado prescrita por la Constitución, no lo lamenten demasiado amargamente los activistas laicos: aunque no lo crean, quienes de verdad van ganando son ellos.