Régimen Abierto

Antonio Avendaño

No te metas en política si no eres rico ni funcionario

El cinismo de la derecha y el cainismo de la izquierda abocan al exministro de IU Alberto Garzón a renunciar a un empleo decente

 No te metas en política si no eres  rico ni funcionario

Alberto Garzón.

El martes 13 se supo que el exministro Alberto Garzón iba a fichar por la consultora de asuntos públicos Acento y el miércoles 14 él mismo adelantó que renunciaba al empleo. La consultora y el interesado habían cerrado los detalles, daban por hecho que todo estaba hecho, pero no tuvieron en cuenta dos circunstancias: el cainismo de cierta izquierda, que la emprendió a dentelladas contra el ex coordinador general de IU, y el cinismo de cierta derecha, siempre dispuesta a negar el pan y la sal a quienes no son de los suyos.

El despacho por el que iba a fichar Garzón como director de Prospectiva Geopolítica fue fundado por los expolíticos socialistas José Blanco y Antonio Hernando y está presidido por el expresidente del PP vasco y exministro Alfonso Alonso. Se trataba seguramente de un buen empleo. De un empleo decente. Que Acento sea un despacho de influencias o que ejerza tareas de lobby no puede ser motivo de peso para satanizarlo; muchas ONG de primera línea ejercen legítimamente una actividad lobista y nadie se escandaliza por ello. En la elaboración de leyes y reglamentos, la política hace su trabajo y la sociedad civil el suyo.



Alguna vez habrá que elaborar con rigor y exhaustividad la estadística de las remuneraciones y los empleos obtenidos por quienes han abandonado la política sin ser o bien ricos o bien funcionarios. Pronto se vería esto: que los políticos que han militado en la derecha suelen obtener empleos mucho mejor remunerados que sus colegas de izquierdas. Aquellos tienen mejores contactos, es decir, contactos que se mueven como pez en el agua en el mundo del dinero.

Un político de derechas que no sea capaz de colocarse bien después de dejar la política nunca tendrá el respeto de los suyos. En la izquierda sucede más bien lo contrario: el político que encuentra un buen empleo es puesto bajo sospecha por los suyos. Y quienes, dentro de la izquierda, tienen más tendencia a ponerse estupendos son quienes disfrutan de plaza fija de funcionarios: cuando te espera tu destino de profesor o de chupatintas puedes permitirte el lujo de posar de guay; cuando dejas el cargo y tienes que buscarte la vida en el sector privado, donde muchos además te mirarán mal solo por hecho de haberte dedicado a la política, deberías contar al menos con la empatía de los tuyos.

Alberto Garzón no ha contado con ella. Cráneos privilegiados de Izquierda Unida o Sumar se han apresurado a ponerse estupendos escandalizándose de que un hombre de izquierdas se rebajara a trabajar en una consultora que a saber a qué chanchullos capitalistas no se dedicará. Ante la ferocidad e incomprensión de los suyos, Garzón ha hecho lo que muy pocos suelen hacer: renunciar a ese empleo para no perjudicar a sus excompañeros de partido, los mismos a los que apenas les ha temblado el pulso para dictar su excomunión aireando el dicterio de que el empleo que iba a aceptar entraba dentro de lo que se ha dado en llamar ‘puertas giratorias’.

No es la primera vez, por lo demás, que Garzón es víctima de los suyos. Ya le sucedió hace dos años, cuando unas declaraciones en ‘The Guardian’ fueron retorcidas y manipuladas por la derecha sin que el presidente que lo había nombrado ministro saliera en su defensa. La aportación de Pedro Sánchez a aquella controversia fue que, para él, “un chuletón al punto” era “imbatible”, y ello a pesar de que lo único que había hecho su ministro era defender la agricultura extensiva y recordar que las macrogranjas producen carne de peor calidad, son muy contaminantes y maltratan a los animales: obviedades que desde hace años son parte del consenso político, ecológico y alimentario de la Unión Europea.

El exministro de Consumo ha aducido para su renuncia que no quería perjudicar a la militancia de Izquierda Unida (“siempre he antepuesto el interés colectivo al interés personal”), pero no ha olvidado incluir en su carta pública esta consideración, mitad lúcida mitad amarga: “La izquierda en la que yo creo es menos prejuiciosa e inquisitorial, es más heterodoxa y humana y, sobre todo, tiene una concepción del Estado y de la política donde lo importante no es el lucimiento personal en términos de pureza izquierdista, sino tener más influencia en todos los espacios posibles”. El tono y los argumentos de su renuncia denotan generosidad personal, genuino respeto a sus compañeros y firmes convicciones éticas, virtudes todas ellas que más bien escasean en política.