Régimen Abierto

Antonio Avendaño

Otro aburrido discurso del Rey

Los discursos del Rey en Nochebuena son tirando a planos porque no pueden no serlo: si fueran interesantes, Felipe VI sería un buen orador pero un mal rey

 Otro aburrido discurso del Rey

Felipe VI.

Al PP y al PSOE les parece bien, a Sumar y Podemos les parece mal y a los independentistas les gusta presumir de no haberlo visto. La opinión de los partidos sobre el discurso navideño del Rey está dictada no por el contenido mismo de la alocución, sino por la posición que cada uno de ellos mantiene sobre la monarquía. Y está bien que así sea.

Los informes de audiencia televisiva dan algunas pistas, pero no conviene fiarse mucho de ellas. Se siente uno tentado de decir que la noticia no es, como reflejan tantos medios, que la audiencia del mensaje del Rey esta Nochebuena fuera algo inferior a la del año pasado: 137.000 espectadores menos que los 6.044.000 de 2023. La noticia estaría más bien en recalcar cómo es posible que nada menos que ¡seis millones de personas! se sienten esa noche ante el televisor para escuchar una homilía civil sembrada de obviedades buenistas, no necesariamente pueriles pero en cualquier caso bastante inocuas.

Este juicio tan duro sobre sus palabras no conlleva, pese a que pueda parecerlo, un reproche al monarca, sino más bien lo contrario. Los discursos de un rey necesitan ser malos para que el propio rey no lo sea. En general y no solo en Nochebuena, los discursos del Rey son tirando a planos porque no pueden no serlo. Si fueran políticamente interesantes, Felipe VI sería un buen orador pero un mal rey.
Muchos observadores se lamentan desde la izquierda de que el Rey no aborde con valentía los verdaderos problemas del país: no quieren entender que el monarca no puede hacer tal cosa, sencillamente porque ello supondría señalar culpables, culpables que solo pueden ser otros actores públicos, ya se trate de partidos, de líderes, de instituciones… Desde la izquierda se reprocha al Rey, por ejemplo, que no haya dicho nada durante años del bloqueo para renovar el Poder Judicial. No entienden esos críticos que el Rey no podía hacer tal cosa porque ello equivaldría a posicionarse con más o menos énfasis contra la derecha, que es quien objetivamente era la responsable inequívoca y deliberada de dicho bloqueo.



El secreto de una buena monarquía parlamentaria consiste en que el Rey no sea de izquierdas ni de derechas. El Rey, por definición, no puede hablar de política. Le pasa como a la testigo de Jehová Chus Lampreave en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’: “Ya me gustaría a mí mentir, pero eso es lo malo de las testigas, que no podemos”. Algo parecido podía decir Felipe: “Ya me gustaría a mí hablar de política, con lo que a mí me gusta la política, pero eso es lo malo de los reyes, que no podemos”.

Si Pedro Sánchez o Alberto Núñez Feijóo hubieran pronunciado ese mismo discurso, los abucheos, o si se quiere los bostezos, habrían sido unánimes. No quiere ello decir que el rey solo dijera obviedades, también dijo verdades, sin duda, pero verdades de un tipo muy particular: verdades tan genéricas y tan de sentido común que sería disparatado sostener lo contrario de lo proclamado por ellas.

No le pidamos al Rey lo que no puede darnos. Quédense para otros los discursos vibrantes y cargados de audaces reflexiones y osadas propuestas. El único discurso de verdad que ha hecho Felipe VI en lo que lleva de mandato fue con ocasión del 1 de Octubre catalán, del mismo modo que único discurso de verdad que hizo su padre en el suyo fue la noche del 23-F. Mejor que nunca haya necesidad de hacerlos. Mejor los discursos obvios, chatos, buenistas, anodinos: mejor que las circunstancias no obliguen al Rey a hacer discursos interesantes.