Agenda constitucional
Gerardo Ruiz-Rico

Macrogranjas

Hoy todos sabemos el significado de la palabra, aunque quizás no tenemos una idea real y auténtica de lo que significa en términos de salud ambiental...

Hoy todos sabemos el significado de la palabra, aunque quizás no tenemos una idea real y auténtica de lo que significa en términos de salud ambiental y humana.

En este país, tan aficionado a las hogueras, se ha construido una para quemar en ella a quien hable en contra de este tipo de fábricas de carne. Lo de menos es que las palabras o las declaraciones vengan avaladas por análisis científicos objetivos sobre su inevitable impacto ecológico. Nadie puede negar que los hay, y muy graves, en su implacable efecto destructivo de acuíferos y hábitats naturales. También que a ninguno de los que vociferan en estos días demagogia política por sus bocas le gustaría convivir con una de esas instalaciones cerca de sus casas, allí donde puedan pasear con su perro o sacar a sus hijos de picnic familiar.

Disponemos de un argumentario efectivo contra los que pretenden convencernos de que estas mega, o macrogranjas, no está reñida con el valor constitucional de la calidad de vida. Se trata de una cuestión de simple sentido común: contaminan en mayúsculas. Y obviamente esto no es sólo un problema de malos olores, lo que por cierto el Tribunal Europeo de Derechos Humanos consideró ya hace años una vulneración a nuestro derecho fundamental a la privacidad y la inviolabilidad del domicilio. También tiene una repercusión indirecta sobre el derecho a la salud; ese mismo derecho que se ha colocado por encima de otros derechos y libertades, por más que una retahíla de presidentes autonómicos y los representantes del integrismo doctrinario de este país (no hace falta nombrarlos) quieran convencernos lo contrario.



La película, o también sainete nacional, tiene que ver mucho con una división insuperable entre cobardes e hipócritas. La cobardía de un Gobierno que no se atreve a contestar las sinrazones de los demagogos; y el fariseísmo de los que, desde la oposición y sus tribunas mediáticas, practican sin complejos el tiro al blanco, haciendo gala de una voluntaria ignorancia. Todo sea por ganar unos votos en la próxima contienda electoral, aunque la operación se haga al precio de un mundo más sostenible; donde además los derechos de los animales y los de la naturaleza acaban en el escaparate de lo políticamente correcto.
Hablaremos otro día, si nos lo permiten los intolerantes de la racionalidad, de la industria del olivar en esta tierra, seguramente el otro gran ejemplo de insostenibilidad ambiental para nuestras generaciones futuras. Aunque nos pese y cueste decirlo.