Aurea mediocritas

Nacho García

Abjuración

Como funcionario de Educación (ya, ni eso, ahora Desarrollo Educativo) nunca besé ni juré nada

Besar la bandera y jurar la Constitución son símbolos de compromiso con el país. En Medicina, el juramento hipocrático supone el cumplimiento de los valores morales y éticos de la profesión. Como funcionario de Educación (ya, ni eso, ahora Desarrollo Educativo) nunca besé ni juré nada, aunque durante veintiséis años he trabajado con el máximo compromiso y cumpliendo con mi deber. Quizás como filólogo habría jurado la Gramática, el Diccionario de María Moliner o la Historia de la Lengua Española, de Lapesa; si acaso, habría besado algunas novelas, cualesquiera poemas u obras teatrales que me hicieron sentir, reflexionar, soñar o emocionarme.

No sólo no he jurado nada, sino que he adjurado sistemáticamente, o sea, he rogado o instado encarecidamente a la administración educativa medidas para paliar el progresivo deterioro de la enseñanza, en concreto de la transmisión del conocimiento (ley tras ley, desde la LOGSE hasta la LOMLOE). Asimismo, he adjurado vivamente por un mayor gasto en educación, más acorde con el PIB (España siempre ha estado, informe tras informe, por debajo de la media de la UE y de la OCDE), con mayor inversión pública para paliar la crisis de equidad e inclusión, de calidad y de relevancia sociocultural.

Y después de no jurar y de tanto adjurar, harto de insistir y resistir, he decidido abjurar del actual sistema educativo para resignarme a mi suerte, optando por querer ser el profesor que soy, con mi visión de la enseñanza, para no ser el docente que quieren que sea. Yo profeso una docencia denominada como "vocacional", con convencimiento, de corazón. Yo amo impartir clase y disfruto viendo formarse a mi alumnado, que se esfuerza por aprender, valorando cada logro y superando adversidades. Pero, poco a poco, he ido perdiendo libertad, encorsetado y constreñido por el traje de una nueva pedagogía alejada de la original paideia, ese "traje nuevo del emperador" que deja a uno desnudo e indefenso.



El nuevo canon educativo, alambicado erróneamente sobre un paradigma con sesgos ideológicos y aderezado con tintes  economicistas, cercena cualquier atisbo de transmisión de conocimiento ya que se asienta sobre algoritmos creados para simular el proceso de aprendizaje y para emitir propuestas de calificaciones (siempre positivas), procesando grandes cantidades de datos (es decir, aumentando el tamaño de n para conseguir el resultado deseado) para así generar una evaluación que nadie entiende y provoca el caos porque, súbitamente, se hace tangible lo intangible. Como por arte de magia, el alumnado aprueba y titula, pasando a formar parte de estadísticas e indicadores contenidos en informes que analizan la evolución, siempre positiva, del sistema educativo.

Hay quien no sólo no jura, adjura y abjura, sino que además se conjura contra estos algoritmos porque sospecha que recaban otro tipo de información para identificar preferencias, intereses o pautas de comportamientos no ya como docentes y discentes, sino como meros consumidores para desarrollar de una amplia gama de nuevas aplicaciones que oferte algún producto educativo que se ajuste a sus gustos e inconscientemente les incite a consumir, pagando, por supuesto.

En fin, para no conjurar ni perjurar, me limitaré a la abjuración, sin demasiado ruido, sin molestar a nadie, eso sí, sin rendirme ni claudicar, sin lamentos, "tranquilamente hablando", que diría Celaya, siendo feliz a mi modo.