Aurea mediocritas

Nacho García

Huir de la quema

No sé si habrá llegado el momento de elevar el tono o cambiar la forma de las protestas

Sucesos que parecerían inconcebibles e imposibles hace un tiempo se convierten de repente en hechos consumados. Hace unos días contemplaba atónito las imágenes de unos bomberos protestando y enfrentándose a los antidisturbios, con carga policial incluida. Servidores públicos contra servidores públicos, cascos negros contra cascos rojos y amarillos, usando la fuerza bruta, cuerpo a cuerpo. Pero lo que más me llamó la atención fue la humareda de fondo y las llamaradas que se observaron durante la pugna. La imagen me recordó a aquellos bomberos de Farenheit 451, que quemaban los libros por orden del gobierno. En fin, un hecho insólito y desolador.

A lo que voy, la narrativa y la imaginería de las grandes protestas de muchos sectores en conflicto y de muchas reivindicaciones políticas o socioeconómicas implican la quema de contenedores, las barricadas con neumáticos ardientes y el lanzamiento de objetos incendiarios para evidenciar la profundidad de la indignación y el desencanto. El fuego tiene un carácter atávico, de hecho ya fue propuesto por Heráclito como el ἀρχή (arché o arjé, el “origen”de todo), por su carácter dinámico, aunque consideraba que el principio de todo debería ser el λóγος (logos), es decir, la palabra.



Siempre ha habido un sector que, por su naturaleza, nunca ha recurrido a este tipo de "fogosas" manifestaciones, sino al logos: el personal sanitario. Con banderitas y  pancartas, con batas o camisetas de colores, con megáfonos y silbatos; a lo sumo, con tambores o alguna bengala, han protestado con orden y concierto, civilizadamente, dentro de los márgenes establecidos. Y así les va… En los últimos años y progresivamente, han ido aumentando los recortes en Sanidad (pese a la cacareada inversión), así como la merma de derechos y la conflictividad laboral, incluso con un repunte en amenazas y agresiones hacia estos profesionales. Esto por no hablar de la sibilina privatización, con concesiones o conciertos, en la prestación de servicios los cuales, bajo la excusa de abaratar el coste o   “aligerar” las listas de espera, acaban encareciendo la factura. Incluso, rizando el rizo, profesionales que no prestan su servicio en la pública, porque no pueden o no se les deja (no hay quirófanos, no hay pruebas diagnósticas, no hay contratos estables), pero sí que prestan el mismo servicio en la privada, siendo el coste y la ganancia muy diferentes.

Como ven, la gestión es extraordinaria. Y todo, por concebir la inversión pública en compartimentos estanco, sin preguntar a los profesionales sobre sus verdaderas inquietudes y sobre las necesidades reales, ni tener en cuenta sus opiniones o el bienestar del usuario, sino simplemente analizando las problemáticas desde una óptica economicista, pero de forma un tanto  paradójica pues se jactan de optimizar recursos públicos para luego gastar lo ahorrado en sobrecostes que llenan bolsillos privados.

No sé si habrá llegado el momento de elevar el tono o cambiar la forma de las protestas en este sector tan primordial. Los sindicatos mayoritarios, saciados con las dádivas de las mesas de negociación, siguen bastante silenciosos o protestando con la boca chica, en petit comité, cuando quizás sería conveniente una protesta más enérgica, más llamativa, más allá de un paseo multitudinario por las calles. Por cierto, esas manifestaciones de "charanga y pandereta" ni conciencian a nadie ajeno, ni despiertan la solidaridad de usuarios (más bien al contrario, ¿de qué se quejan éstos, con lo que ganan?) ni afectan a quienes gestionan y gobiernan, que harán y dictaminarán lo que consideren oportuno con visión empresarial y pseudomaquiavélica: "el fin justifica los recortes", un downsizing en toda regla.

No sé si habrá llegado el momento de que el personal sanitario se comporte con verdadero corporativismo (no lo hay, por mucho que se le achaque) y reclame no sólo incrementos salariales (son Europa), sino sobre todo mejoras reales de las condiciones laborales. En el fondo, sus reivindicaciones son en nombre de sus pacientes y para el bienestar de los enfermos a los que quieren prestar el mejor servicio posible, un buen servicio público que no dependa de la cuenta corriente del usuario.

No creo que haya que quemar nada ni recurrir a la parafernalia del enfrentamiento o la paralización administrativa.  El arjé debería ser el logos, amparado por la sophía (sabiduría) y el nous (espíritu, inteligencia), incluso la noción de kallos (belleza). Como decía aquella canción, a lo mejor habría que "generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna". Y si no, ¡que arda Troya! A ver luego quien cura las heridas, que, "temprano o tarde, serán quemaduras que otro cuerpo se agranden".