Aurea mediocritas

Nacho García

Trepas

Pobres votantes ingenuos y pobres políticos honrados, ilusos depositantes y depositarios de un voto honesto

¿Yo? Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo Consultivo

¿Yo? Secretario del Consejo Consultivo del Comité Ejecutivo



Los dos advenedizos habían acabado en el mismo partido emergente; uno, tras haber militado fervientemente en UPyD, Ciudadanos y PP; el otro, tras haber militado fervorosamente en IU, Podemos y PSOE. Ambos, siguiendo el lema de Marx (Groucho): “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”. Coincidieron en la sastrería para probarse la nueva chaqueta a medida con costuras reforzadas para contener su henchido ego. Con sus recién estrenadas sonrisas de hiena y su frondoso pelo turco, parloteaban entre aspavientos, transformados en nuevos animales políticos que acomodan su discurso a lo que la gente quiere oír, fieras corrupias que gruñen y muerden, cual cancerberos celosos de una urna, alimañas que venden su alma al mejor postor para luego redimirla en metálico.

Habían sido enemigos íntimos: uno, un pureta de izquierdas con sus melindres, el otro, un rancio melifluo de centroderecha; uno, de esa izquierda de salón o izquierda caviar, socialdemócrata de alto copete, el otro, de un centroderecha bohemio y soñador, arrogante y liberalista. Entre el anarcosindicalismo y el nacionalcatolicismo, ambos oportunistas habían nadado sin mojarse la ropa, sometidos a sus patrones, patológicamente soberbios y morbosamente crueles, por simple incultura atávica o puro rencor, avasallando en nombre de los sagrados ideales de cualquier sigla, novedosamente vetustos, tradicionalmente modernos.

Habían sido abogados del diablo, amigos cainitas dispuestos a traicionarse con cuchillos cachicuernos, personajes caricaturescos y pendencieros como aquellos fantoches esperpénticos de Valle Inclán o esos criminales que ni Borges incluiría en su Historia universal de la infamia. Se movían a diestras y siniestras, sembrando odios y recogiendo tempestades o capeando temporales, siempre dispuestos a postularse cínicamente al sacrificio, a ser los cabeza de turco inmolándose al despecho y encono ajenos, apóstoles apóstatas de la ideología de turno.

Ahora se recostaban en sus mullidos sillones y se jactaban de una dilatada trayectoria de deméritos, formando parte de comisiones a cambio de comisiones, dispuestos a equivocarse distraídamente en cualquier votación para ser objeto de general irrisión o provocar el escarnio mediático, desviando el foco de atención. Se habían convertido en dos auténticos botarates, dos ilustres necios de una legendaria estirpe de arribistas sin escrúpulos que sólo esperaban una puerta giratoria o una puerta de atrás para mantener cerrada su pútrida boca.

Pobres votantes ingenuos y pobres políticos honrados, ilusos depositantes y depositarios de un voto honesto, firmes creyentes de una democracia que se va horadando en las sucesivas elecciones porque la confianza resulta traicionada por este tipo de trepas, sinvergüenzas que se deslizan como sombras en la política, manchando su buen nombre, medrando a costa de los demás con su afán de poder. Vanitas vanitatis.