Con el alma en pie
Ana Tudela

El maestro del ridículo

A las horas en que escribo esta columna desconozco el resultado de las elecciones de Castilla y León, con lo que resulta complicado hacer un análisis político..

A las horas en que escribo esta columna desconozco el resultado de las elecciones de Castilla y León, con lo que resulta complicado hacer un análisis político sólido, que incluya el dato fundamental; un dato que tendrá también lectura en clave nacional y que posiblemente va a mediatizar mucho de lo que nos venga por delante.

Pero hay cuestiones que no necesitan un resultado electoral para ser proclamadas, tras todo lo visto y escuchado estas últimas dos semanas. Me refiero a la absoluta ausencia de altura política del líder popular Pablo Casado. Algo que incluso llegó a dejar caer su candidato Mañueco en los últimos días de campaña. ”Soy yo quien se presenta, no Casado”. Y no me refiero tanto a su querencia por las declaraciones grotescas en materia de vacas, vino o trigo, resultado de ese gusto por hablar como protagonista de todo lo que desconoce. Es que hay cuestiones que deberían avergonzarle como líder que aspira a gobernar este país.

La estrategia engañosa dirigida a intentar restar crédito a España por la gestión de los fondos europeos, que tanto han costado. Las amenazas a la presidenta del Congreso por cuenta del error imperdonable de uno de sus diputados, que a saber lo que hacía mientras votaba para tener hasta cuatro errores, y confirmarlos, en medio de una votación muy importante. Ese intento de tapar lo que tiene toda la pinta de un intento de nuevo tamayazo, destinado inicialmente a deslegitimar un acuerdo en el que coincidían cien por cien trabajadores y empresarios. El empeño por acudir a ETA, cada vez que los asesores le dicen que sus expectativas caen vertiginosamente, tapando que vivimos ya en una España sin terrorismo gracias, sobre todo, al sacrificio de muchos a quienes critica…

La política es una actividad de ida y vuelta, y quién sabe lo que traerá el futuro. Pero la sensación es que España no se merece personajes así, igual que personajes así tampoco merecen a este país. La pelea de tanta gente estos dos años; pero también la valentía y el arrojo, si, también, de gobernantes que han sido capaces de decidir y de pelear hasta la saciedad por una recuperación que aparece ya en todos los datos económicos que vamos conociendo, sonrojan la estrategia simplona e insultante de este Pablo Casado, que a fuerza de no tener miedo el ridículo, ha hecho del ridículo la característica más señalada de su gestión de oposición.