Con perspectiva sureña

Antonia Merino

La pornografía como escuela

El móvil lo permite todo, incluso acceder a contenidos no demasiados aptos

El impacto del mundo digital en nuestras vidas nos trae de cabeza. Vivimos entregados y agazapados en pequeñas pantallas luminosas que nos llevan a conectar a una velocidad frenética con personas que se encuentran al otro lado del globo y, en cambio, nos desconectan del más acá aislándonos, incluso, del vecino. Nos entusiasma su oferta infinita, pero en este sorprendente universo irrumpen múltiples inconvenientes y algunos de extrema seriedad, en especial aquellos que hacen referencia a los más jóvenes. Esta red, capaz de llegar a todos los rincones del planeta, nos ha abierto un mundo de posibilidades para conseguir una comunicación rápida y efectiva; si bien la misma tecnología que nos concede ese espacio de oportunidades, nos ha esclavizado tanto en lo personal como en lo laboral para terminar hurgando en nuestro bienestar mental, y los jóvenes se han convertido en la presa fácil capaz de cambiar su conducta, el modo de relacionarse y hasta la forma de percibir la realidad gracias a un pequeño dispositivo. No hace tantos años cualquier adolescente tenía que salir a la calle para socializar con sus amigos, la gran mayoría lo hacía antes de la irrupción de internet. Ahora no hace falta, el móvil lo permite todo, incluso acceder a contenidos no demasiados aptos. Diversos estudios evidencias que algo está fallando, que el uso inadecuado de este mundo virtual no solo interfiere en el aprendizaje, sino que es además el vehículo utilizado para el acceso temprano al porno. El Gobierno ha puesto ya en marcha una estrategia para regular el acceso de los menores y adolescentes a los contenidos pornográficos y frenar el impacto que tienen en sus relaciones y su desarrollo. Según un estudio, uno de cada cuatro niños accede al porno antes de los 12 años, con una edad de inicio que ya es a los ocho — un 20%. La mitad de los menores de entre 12 y 15 y el 70% de los que tienen entre 15 y 17 años lo consumen con regularidad. La ONG Save the Children asegura que “la pornografía se ha convertido en profesora y consultorio de sexualidad para los adolescentes. El peligro no es que vean pornografía, sino que su deseo sexual se esté construyendo sobre unos cimientos irreales, violentos y desiguales propios de la ficción. También es peligroso que crean que su consentimiento, sus deseos y preferencias, o los del resto, no tienen por qué ser tenidos en consideración”. La propia Fiscalía General del Estado ha advertido del "alarmante" incremento de agresiones sexuales perpetradas por menores en nuestro país en el último lustro. Los expertos ponen el foco en la carencia de una adecuada formación en materia ético-sexual y en el visionado inapropiado y precoz de material pornográfico violento. Prohibirlo no es la solución, la llave está en la educación.