Con perspectiva sureña

Antonia Merino

Pasar página

El manual del “buen español”, que tanto prima por estos lares, no permite imprecisiones: la España del PP o el caos

Hablar de Cataluña a ochocientos kilómetros de distancia es como atravesar un campo de minas antipersonas, en cualquier momento pisas una y te lleva por delante. El manual del “buen español”, que tanto prima por estos lares, no permite imprecisiones: la España del PP o el caos. Ese campo de minas es en estos momentos la amnistía que afectaría, llegado el caso, a Puigdemont y a unas 1.500 personas, que de una manera u otra participaron en aquella supuesta declaración de independencia cuando Rajoy gobernaba. Aquel 1 de octubre los catalanes (no todos) salieron a votar. Aquella votación, por cierto, carecía de toda legitimidad política. Esto lo sabían los gobiernos de Madrid y Cataluña. Otra cosa es que unos y otros se encargaran de avivar una espiral dialéctica ante los suyos y aquí entramos en las generalidades de los nacionalismos tan dados a hablar en nombre de todos, como si todo catalán fuera independentista y como si todo español comulgara con el credo franquista: una, grande y libre. Lo cierto es que a día de hoy no existe una mayoría social catalana que aplauda una independencia, esa mayoría se desploma curiosamente entre los jóvenes, más preocupados por el acceso a la vivienda, el paro o la educación. Lo dice el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), el llamado CIS catalán, que goza de tanta credibilidad como el Centro Andaluz de Estudios (CEA), el CIS andaluz. El rechazo a la política ha hecho mella en buena parte de la población catalana que quiere "pasar página'' cuanto antes. Aquel 1 de octubre la policía entró a saco en los colegios electorales y embistió a diestro y siniestro (ya sé que hay ciudadanos que apoyaron esa represión e incluso la justificaron, mientras la comunidad internacional puso el grito en el cielo ante tanta brutalidad). El revuelo generado por aquellas imágenes, los agentes agrediendo como si no hubiera un mañana, el “a por ellos” jaleado desde distintas tribunas ofreció una imagen deplorable como país. Fue el fracaso en mayúsculas de la política y de una policía qué se excedía como antaño los grises. Pero el fracaso de la política es de tal magnitud que hace casi imposible recuperar la concordia mientras se siga alimentando el conflicto catalán con fines electoralistas. No tengo la menor duda que sin VOX y a falta de cuatro escaños para la mayoría absoluta, Feijóo y los suyos hubieran extendido una alfombra roja a Junts. Hay quien dice que en los encuentros del PP con los indepes no había líneas rojas, como tampoco las puso Aznar cuando negociaba con ETA, concedió terceros grados y acercó a presos mientras seguían los asesinatos y secuestros. Han sido diecisiete años de ininterrumpido ruido político que ha ido solapando los problemas reales de la gente. Es en las altas esferas donde precisamente se enmarca este griterío, en la calle, en los barrios, en las plazas los problemas son otros, sino que se lo pregunten a los 700.000 parados que tenemos en Andalucía. Volvemos a liderar la tasa de paro, sufrimos interminables listas de espera, mientras el Gobierno andaluz destina 734 millones de las arcas públicas al negocio de la sanidad privada… el rosario de incumplimientos comienza a ser inquietante, pero no pasa nada: nuestro problema es la amnistía. Fue Voltaire quien dijo aquello de que “si Dios no existiera, sería necesario inventarlo”. Para algunos con Cataluña paso lo mismo, de no existir, habría que inventarla.