El ocaso de los perdedores

Rubén Beat

Pueblo y patria

La Libertad, la Justicia, la Igualdad, la Solidaridad, esto es la alta moral, la reflejada en las Constituciones más avanzadas

Si la alta moral fuera nuestra fuerza de designio y nuestra convicción transferida a valores patrióticos, seríamos sin duda una gran nación.

Los pueblos han de formarlos ciudadanos y ciudadanas, libres de todo anhelo de servidumbre y privilegio. Si es cierto que el poder de la costumbre mantiene vivo el espíritu servil no deja de ser cierto que el poder que la libertad ejerce sobre los individuos, comunidades y pueblos, hace que ese mismo espíritu servil desaparezca en todo anhelo de libre gobierno y democracia.

Si hay que ser fiel a algo en esta vida que sea a los grandes valores que nos hacen y convierten, en seres humanos.



La fidelidad transferida a valores sociales y políticos, hacia el Pueblo, es la fidelidad hacia la Patria. No de una forma peligrosa en las convicciones inconexas entre sí. Sino en la realidad en la cual el individuo forma la Comunidad, la Comunidad el Pueblo, y el Pueblo forma la Patria.

La Libertad, la Justicia, la Igualdad, la Solidaridad, esto es la alta moral, la reflejada en las Constituciones más avanzadas de los países más civilizados pero no constatada porcentualmente en leyes que hagan cumplir estos designios de la más alta calidad humana.

Si son las mismas leyes que en grado sumo de ignorancia han tergiversado las raíces de toda buena convivencia entre personas, cambiemos las leyes conforme la Constitución dicta, y cambiemos también todo lo que esté corrompido.

Hagamos leyes inaccesibles al descredito especulativo de los mercados financieros. Que nuestras leyes administrativas tengan siempre el norte constitutivo de la razón y el sur cuantitativo de la justicia social.

La mejor inversión posible que un Estado democrático puede realizar no debe ser ajena a su Constitución para que la democracia sea real y constitutiva de derecho. El Estado debe invertir en la creación de empresas más públicas que privadas para que los beneficios sigan siendo sociales y contribuyan al desarrollo común. De lo contrario las grandes sumas de capital conseguidas con capital humano y social, son monopolizadas.

Dos poderes enfrentan al Estado, el poder Constitutivo que debe ejecutar el presidente del gobierno, o la presidenta, y el poder económico que ejecutan los mercados financieros con demasiadas personas avariciosas al mando.

Los estados luchan por no sumergirse en las profundidades de las crisis económicas cíclicas que producen los poderes financieros. Y los poderes financieros luchan por apoderarse de los estados para reducirlos a meras empresas especulativas, sustituyendo en sus conceptos de libre mercado el “factor social” por una mera cuenta de probabilidades económicas y estadísticas, sin forma humana.

Los políticos que consienten esto van en contra de los intereses de la sociedad y de las instituciones del Estado por mucho que quieran ocultar sus verdaderas intenciones, y se ven los más justos entre ellos, impedidos a hacer otra cosa por el bien de la nación, pero ¿de qué nación nos hablan? ¿De un mercado financiero o de un Estado democrático? No se puede servir al Pueblo y al dinero, al mismo tiempo.