Quien a buen árbol se arrima

Manuel Ruiz

Fundamentalismo y Medio Ambiente

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la tercera acepción del término ‘fundamentalismo’ es la “exigencia intransigente de sometimiento...

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la tercera acepción del término ‘fundamentalismo’ es la “exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”, dejando claro el carácter profundamente negativo de esta actitud en cualquier ámbito de la vida.

Cuando el fundamentalismo se va abriendo paso en la sociedad el primer síntoma es la separación forzada, la ruptura de puentes, la desaparición progresiva de los espacios y momentos de entendimiento, dejando tras de sí personas y grupos enfrentados y embebidos en el odio y la ignorancia, porque el fundamentalismo surge y se nutre de la ignorancia.

En un momento de crisis como el que vivimos es más necesaria que nunca la unidad, la predisposición a la solidaridad (uno de los factores de nuestro éxito evolutivo, no lo olvidemos), la aplicación del conocimiento y el sentido común entre otros muchos instrumentos propios del ser humano. Y lo último que nos hace falta es la proliferación de fundamentalismos de todos los colores como setas en un húmedo día otoñal.
La percepción que tenemos del medio ambiente cada uno de nosotros y la sociedad en su conjunto es subjetiva y se encuentra sometida, como no podría ser de otra manera, a este fenómeno del surgimiento soterrado y ahora brusco, de los fundamentalismos. Y cuando necesitamos una unidad de acción frente a los graves problemas que enfrenta la Naturaleza y con ella, nosotros como Humanidad, brotan fundamentalismos estériles por doquier.
Voy a poner dos ejemplos que pueden posicionarse en diferentes lugares del arco socio-político.



En primer lugar el fundamentalismo acerca del cambio climático. No voy ahora a argumentar acerca de su existencia, porque no es el espacio, pero a estas alturas del seguimiento y estudio que empezó a llevarse a cabo en los ochenta del siglo XX, las evidencias científicas son abrumadoras y nuestra propia experiencia en los últimos años nos pone en aviso.

Sin embargo, es frecuente encontrar en redes sociales denominaciones como la ‘religión del cambio climático’, en un nuevo intento por ridiculizar la evidencia. No son pocas las personas consideradas como cultas que utilizan con desdén esta denominación.
¿Qué lleva a personas cultas, muchas con formación científica, a hablar de la ‘religión del cambio climático’ con desprecio hacia los que damos importancia a este fenómeno global? Lo único que se me ocurre es el enorme tamaño de sus prejuicios, antepuestos al conocimiento y la razón.

Con estas mimbres no es posible una respuesta común de la sociedad al cambio climático, y ante esta falta de respuesta general y creíble, es fácil que brote otro fundamentalismo en sentido opuesto, el que anatemiza al que mezcló una bolsa de basura en casa, que alimenta al primero.

El segundo ejemplo forma parte de la discusión nacional que se ha vivido este verano en torno a los dramáticos y espeluznantes incendios forestales. Una vez se dijo que dentro de cada español hay un entrenador de la ‘Roja’ y ahora se verifica que también hay un Jefe de Extinción. Se ha hablado mucho de la necesidad de limpiar el monte y a partir de ese momento se ha puesto en evidencia otro fundamentalismo que tiene ya cierta tradición en algunos sectores conservacionistas, que puede sintetizarse como ‘Aquí no se toca nada’.
Esta radicalidad no solo entorpece llegar a un gran (y muy necesario) acuerdo nacional en la protección de los bosques, sino que además como todo fundamentalismo, parte de supuestos equivocados.

Un bosque climácico de los que hay muy pocos en España no puede tocarse ni un musgo, pero muchos de los montes que han ardido son formaciones de menos de cien años, fruto de las infaustas repoblaciones del ICONA u organismos similares y han debido limpiarse y “reconducirse” en su composición y estructura florística por parte de científicos que se llaman ecólogos durante décadas. Ahora muchos no habrían ardido por falta de combustible y por mayor presencia de especies menos inflamables.

En definitiva, hay que hacer un profundo ejercicio de introspección, porque la actitud fundamentalista prospera como una hidra: ¿en qué momento exijo de forma intransigente el sometimiento a mis ideas o prácticas establecidas?