El bar de la esquina

Antonio Reyes

Termitas

La idea de que lo primero debe ser la salud de la economía es una infamia tan peligrosa como recurrente

Siempre me ha parecido algo extraordinario (entiéndase «extraordinario» como vomitivo) escuchar cómo llegamos a justificar cualquier guerra por estrafalaria e ilegal que esta sea. O las veces que nos han dicho los «expertos» que teníamos que ajustarnos el cinturón por el bien de la economía. O, tal vez, las subidas desorbitadas de los carburantes y los alimentos «porque es que...» o «porque es que aquello...». Y nosotros siempre asintiendo, con las manos en los bolsillos y pateando una pequeña piedra, aceptando con resignación los ajustes y bombas que vuelan sobre las cabezas de otros que viven lo suficientemente lejos como para que nos salpique ni su sangre y ni sus desgracias.

Pero no le busquemos explicación a algo que no la tiene. Los seres humanos somos así, capaces de lo mejor y al día siguiente de lo peor. Nuestra parte negativa reside en aceptar a pies juntillas lo que nos dicen los gurús económicos o empresariales, con la creencia pueril de que siempre actúan por nuestro bien. Ni de lejos, queridos, ni de lejos. Nadie en este santo planeta reajusta economías, invierte dinero, aprueba leyes económicas o se empecina en controlar materias primas de otros países por su amor a la raza. Nadie. Ni los de antes, ni los de ahora. Los mercados, esos seres que nos pintan como intangibles, que ni sienten ni padecen, no son más que grandes corporaciones, personas, al fin y al cabo, con tal ansia de poder y dinero, que no les tiemblan las piernas a la hora de pisarnos y sabotear cualquier proyecto de vida que se aleje de sus intereses. Mientras los que mueran sean personas de países pobres o que no generen nada para sus carteras, que les den. 

Han derrocado economías, invadido países para esquilmar sus recursos naturales, colonizado gobiernos con grupos tecnócratas (como ocurrió tras la crisis de 2008) en aras de sus cajas de caudales. Ahora, con la siempre temida amenaza de una nueva guerra a gran escala, nos piden que asumamos que debemos rearmar nuestros ejércitos por la amenaza siempre latente que llega desde el este del continente. En resumen, que lo que no han sabido corregir con diplomacia esperan resolverlo con armas (gasto militar, vamos). Y ahí estamos todos, calladitos, resguardados en el brasero de nuestra comodidad efímera, esperando respuestas de quienes manejan el volante.



Que este mundo no es un buen lugar para vivir lo tenemos claro, ¿no? Que por mucho que se empeñen los millones de buenas personas que se dejan la piel para convencernos de que este no es el camino, son los malos los que siempre ganan y nos inoculan sus recetas a base de crisis económicas si no aceptamos los recortes y ajustes, también, ¿cierto? Entonces, ¿por qué asumimos como buenas las soluciones inventadas que solo buscan resultados para unos pocos? Nosotros a lo nuestro, recurriendo a Tiktok para informarnos, dando por buenas las estupideces que cualquiera escupe desde su cuenta en redes o aplaudiendo a los que tienen el látigo en sus manos. Porque ellos, los que nos piden cada cierto tiempo esos sacrificios, no arriesgan nada. Si acaso, algunos milloncejos que dejarán de ingresar hoy en sus ya más que rechonchas cuentas bancarias, y que recuperarán mañana gracias a sus agitadores.

La idea de que lo primero debe ser la salud de la economía es una infamia tan peligrosa como recurrente. Pero, claro, ¿cómo vamos a estar nosotros en contra si no tenemos ni pajolera idea, al menos, de ciertas nociones básicas? Uno de los ejemplos más aberrantes de esto que cacareo, por ejemplo, es la implantación de la megaplanta de celulosa que la empresa Altri construirá en Lugo, a pesar del esfuerzo de toda la sociedad gallega para que no se materialice este monstruo, que con toda seguridad arruinará la vida de miles de familias. ¿Y cuál es su eslogan preferido? Los puestos de trabajo que se generarán, obviando el impacto ambiental que conlleva este tipo de empresas. Ya lo hicieron ampliando la concesión a Ence, otra planta justo a las puertas de la ría de Pontevedra. A ver si ahora va a resultar que el populacho sabe de todo. Ecologismo, dicen algunas almas descarriadas, el cuidado de la esencia y la naturaleza, gritan otros. 

Son termitas que compran voluntades porque se saben protegidos por leyes, corruptos y judicatura a los que calientan la oreja con un futuro más que prometedor en sus filas. En política hay muchos ejemplos, por desgracia. Antiguos ministros y ministras, políticos varios que, tras dejar su actividad en parlamentos y Congreso, han entrado en nómina de estas empresas. «¿Acaso no tienen derecho a ganarse la vida como los demás?», pues claro que sí, guapi, pero que disimulen un poco, ¿no? Compañías energéticas, farmacéuticas o bancos, suelen ser los retiros soñados por muchos, porque en sus etapas en la política activa ya se encargaron de echar una manita a estos pobrecitos.

¿Y sabéis cual es una de las armas que estos «demócratas» utilizan para limitar las manifestaciones que critican sus medidas leoninas? Pues ya os las explico yo, que para eso estamos algunos iluminado en el mundo. Leyes como la denigrante Ley Mordaza que, por lo que sea, no se atreven a derogar. O detener y expulsar de su país a quienes levanten la voz contra el genocidio de Gaza, o meter en la cárcel a alcaldes acusándolos de corrupción. Inventos que, de nuevo, damos por buenos porque, ¿quién nos va a engañar? ¡A nosotros, que somos poseedores de la verdad absoluta porque nos informamos en pseudomendios y plataformas! A ver si ahora va a resultar que esos piojosos que luchan por un futuro digno para todos, van a venir aquí a tocarnos nuestras míseras vidas. Que serán una mierda como el sombrero de un picaor, pero son nuestras, ¡copón! Preocupante y temerario que currantes de base vitoreen estas políticas agresivas cuyos cimientos se forjan a base de olvidarse del ser humano.

Hemos llegado a tal punto de sumisión, que lamemos las botas de los grandes tenedores que nos cobran, por ejemplo, un pastizal por un techo, asumiendo que si eso es lo que dice el mercado, pues así será. Que aquí todo el mundo tiene derecho a especular con lo que esté a su alcance y que la culpa de no poder comprar algo mínimamente digno, es nuestra. Y ese es el gran error que cometemos, aplaudir a quienes pueden adquirir (o heredar) más de una vivienda y alquilarla a precios desorbitados, porque lo que sentimos en realidad es envidia. Os voy a dar un consejo, gratis, por supuesto, para que detectéis rápidamente a estas ordas de termitas amantes del dinero público (¿acaso creíais que se han hecho ricos invirtiendo el suyo?): cuando se quiere legislar para pararles los pies, recurren a eslóganes tales como «quieren enfrentarnos unos contra otros», «buscan el guerracivilismo» o «inventan guerras y polémicas donde no las hay». Y cuando se les coge con las manos en la caja, pues «es una guerra política», «no hay libertad»… Porque es ahí, en el silencio, en ese querer pasar desapercibidos, donde ellos sacan tajada. Todo lo que se airee es malo para sus intereses. Es decir, el conocimiento público de sus planes es su ácido bórico, su kriptonita. 

Pues nada, adelante con esto si es lo que queremos. Mañana, cuando te escuche criticar ciertas cosas, quizá te suelte una de esas bofetadas sin mano que me gusta asestar. Te diré que por qué votas a esa chusma que va en contra de absolutamente todo lo que espetas con un cubata en la mano y con esa ropa que no te puedes permitir. So cipote, que eres un cipote de manual sin solución a la vista. Y para acabar, una pincelada histórica: la guillotina hizo más por la humanidad que cualquiera de los medios y políticos a los que sigues, iluminado, que eres un iluminado.