Mis amores

Juan José Gordillo

Mis amores (cuatro)

España es su paisaje, pienso mientras observo con admiración y sorpresa las aguas recientes de las lluvias últimas correr por veredas y arroyos olvidados

 Mis amores (cuatro)

Foto: EXTRA JAÉN

Viajes.

No se qué viajes me deparan el año que viene o los próximos meses. Aparte de algunas obligaciones viajeras que no debo desobedecer pues en unas me van cuidados de mi salud y en otras de mis afectos más queridos (nada obligados pero si comprometidos) no soy conocedor de si deberé tomar algún vuelo a no sé que sitio, padeciendo las demoras y estrecheces corporales que justifican el precio barato del billete, ni mucho menos navegar en alguna de esas moles navieras que putean y corrompen nuestras aguas con rumbo a islas de casas blancas y dinteles de azulete, ni tampoco que tenga que remar sin zozobra en una barquichuela del Retiro, no, creo que ni aviones ni barcos, ni globos ni sus derivados me esperan en un futuro más o menos inmediato.

Pero el tren, en tren, con el tren sí. Hablo en singular de tren, no porque mi viaje parta desde la estación de Linares-Baeza, en concreto, una estación por la que todavía, todavía, no pasa solo un tren, el tren, un único tren,  sino porque hablo de tren como hablamos del hombre, de la mujer, el vino o el pan. El tren sin apellidos de clase, ni de género, ni de orientación cardinal. Ese conjunto de contenedores engarzados con soltura unos a otros, ventilados, transparentes en su mitad superior, forzudos y bizarros en la inferior, enérgicos, afilados en una silueta que les hace más fácil trasladarse sobre raíles abrillantados por el roce y por el sol.

El tren en el que yo viajo ahora no es uno de esos sucios trenes que iban hacia el norte. Ahora es un tren limpio, ordenado y cuidado. Va hacia el norte que es la dirección correcta para ir al este en este mapa un tanto demencial, desde luego irracional, que alguien trazó hace años para el discurrir de nuestros ferrocarriles. La puntualidad de su salida en nada envidia a la de llegada. Pulcritud horaria que nadie se hubiera atrevido a pronosticar en aquellos tiempos de tranvías, expresos y rápidos. Eran trenes, aquellos, de pasillos y compartimentos con asientos enfrentados para tortura del tímido, en los que viajar durante horas sin cruzar la palabra ni la mirada con el de enfrente era parte del peaje. Envidiar a quienes viajaban sentados junto a la ventana era otra fracción del billete. Salirse al pasillo, entonces, buscando una ventanilla por la que asomar ligeramente el rostro, expulsar el humo del cigarrillo, sacar medio brazo para frenar la brisa o para dejarlo mecerse, pegarse como una lapa contra la pared para permitir el paso de otro paseante, todo esto, varias veces a lo largo del trayecto, eran algunas maneras de vivir el viaje, el modo de encontrar un recreo entre tanta obligación de no mirar al de enfrente, de no rozar al vecino ni sucumbir bajo el hedor persistente de orígenes diversos como hervían en el interior de aquellos compartimentos colectivos.



En este viaje de ahora el paisaje es, tal vez, el protagonista principal. No es necesario estar pegado al amplio ventanal del que están dotados para percibir el territorio por el que el tren galopa veloz, casi siempre, lento y precavido a veces. España es su paisaje, pienso mientras observo con admiración y sorpresa las aguas recientes de las lluvias últimas correr por veredas y arroyos olvidados. Después el monte de encinas y empinadas peñas se abre y estira y se convierte en llanura y horizonte. La misma velocidad del tren ayuda a entender de un modo sencillo y continuo esa transformación natural del territorio que se ve. No hay ruptura sino transición. Las hileras de árboles y de arbustos, aparecen como escuadrones infinitos que esperan nuestro paso. Algunas casas de labranza, naves con fines agrícolas o ganaderos, irrumpen de vez en cuando entre lomos de tierra arados. También enormes depósitos  para el grano, principalmente, jalonan el paisaje con un ritmo que parece medido y buscado, y muestran, de paso, el papel geoestratégico del cereal en los conflictos bélicos actuales.

Sé que hay túneles en el camino como viaductos sinuosos que burlan complicados rincones del paisaje responsables hasta ahora de tardanzas e incomodidades. Si tuviera que elegir entre unos y otros, entre viajar a las profundidades de la roca o volar sobre ella elegiría la poesía y la osadía del viaducto. El túnel es un viaje oscuro que no me inspira confianza. Sé perfectamente que saldremos, que lo atravesaremos como la sonda que maneja el cirujano entre arterias y venas alcanza su objetivo, el corazón que late perezoso, una glándula que no funciona. Pero cuando el tren se queda tenuamente iluminado por dentro pero cegado el exterior mientras lo atraviesa no puedo dejar de pensar en qué pasaría si… cómo saldríamos si… y me enfrasco entonces en el libro que voy leyendo, en Marta y Rosa, los hijos de Padre, en Damián que es un poco bobo, en Aquilino que se salva del infierno de esa Familia que Sara Mesa nos cuenta en su última novela. Se me ocurre pensar entonces, llevado por la ficción literaria, que podría escribir sobre alguien que montado en un tren recuerda su primer viaje saliendo desde la estación de Linares-Baeza hacia Madrid, un tren con compartimentos en los que la gente hablaba a voces, sacaba bocadillos liados en papel arrugado, antes de fumarse un cigarrillo o salir al pasillo para ver el paisaje mas cercano, para desentumecer las piernas, todo el cuerpo abatido por un traqueteo constante apenas aliviado en un par de tramos. Y recuerda la despedida de sus padres, los brazos de ellos al viento, balanceándose de un lado para otro intentando dejarlos colgados, suspendidos en el aire, tras el último vagón, enganchados a el para acompañarlo en su primer viaje y volverlo a abrazar luego, cuando, por fin llegue a su destino, con la imperfecta puntualidad de entonces.