Sobre nuestras piedras lunares
Manuel Montejo

La Decencia

Un tema recurrente de esta columna es la manipulación del lenguaje, las mentiras y la hipocresía con la que se afrontan los asuntos públicos o lo que se...

 La Decencia

Foto: EXTRA JAÉN

Valle Melilla

Un tema recurrente de esta columna es la manipulación del lenguaje, las mentiras y la hipocresía con la que se afrontan los asuntos públicos o lo que se esconde detrás de los debates políticos, lo que no nos cuentan o lo que preferimos no saber. Hoy vamos a ir un paso más allá porque lo que ocurrió hace unos días en el Congreso de los Diputados supera con creces los límites habituales.

El pasado miércoles, el ministro Grande-Marlaska compareció por segunda vez para explicar la tragedia del salto a la valla de Melilla del pasado 24 de junio, en la que murieron más de 30 inmigrantes y desaparecieron al menos 70, tras la publicación de distintos reportajes periodísticos que cuestionan las primeras versiones aportadas por el ministro. Ante las acusaciones, Marlaska insistió en repetidas ocasiones en que "no tuvimos que lamentar ninguna pérdida de vida humana en territorio nacional". Ésta es solo una de las numerosas e repugnantes frases dichas por el ministro pero piensen por un momento en lo que significa, en lo que encierra y relaciónenla con la imagen de los cadáveres apilados junto a la verja fronteriza.

Siendo trascendente, lo fundamental no es que Grande-Marlaska continúe mintiendo sobre los hechos y el número de personas implicadas, sobre la actuación de las fuerzas marroquíes y las españolas, sobre las devoluciones ilegales, sobre lo que grabaron o no las cámaras, sobre si se atendió o no a las víctimas, ni siquiera sobre si se produjo alguna muerte dentro de territorio español. Y decimos que miente porque se han filtrado imágenes que desmienten todas y cada una de las versiones dadas por el ministro socialista. Lo repugnante es que un representante público, un ministro y un juez se atreva a decirnos que lo que hay que hacer es mirar para otro lado mientras se asesinan seres humanos, como hace él. Para Grande-Marlaska los derechos humanos y la moral sólo intervienen cuando se atraviesa nuestra frontera, cuando afectan a ciudadanos que él reconoce como merecedores de ello y cuando no va en contra de sus intereses. Este es el nivel ético de nuestro Ministro del Interior, algo que no debe de extrañar porque se trata del mismo juez sancionado en varias ocasiones por tribunales europeos al vulnerar los derechos fundamentales en distintos procesos penales.



Lo triste es que estas indecentes palabras no hacen más que describir la política de España y la UE en materia de inmigración. Detrás del hecho de que no "hemos de lamentar" ninguna "pérdida de vida humana", se esconde el objetivo de la "humanitaria" UE, que no es otro que evitar, no la muerte de inmigrantes, sino que ésta se produzca en territorio europeo. De ahí, que Marlaska no lamente nada. Para conseguir este objetivo, Bruselas aumentó en un 50% el dinero destinado a Marruecos para que ayude contra la inmigración irregular, hasta los 500 millones de euros. Es decir, le pagamos a Marruecos 500 millones para que "controle sus fronteras", eufemismo con el que escondemos que los hemos convertido en nuestros perros de presa, de manera que ningún inmigrante cruce a suelo europeo. Todos sabemos que Marruecos, como dictadura despreciable que es, no respeta los derechos humanos, lo que la convierte en la "segurata" ideal, mientras nosotros, moralmente superiores, miramos para otro lado, sin querer saber cómo consigue cumplir su cometido. Además, este celo marroquí en defender su frontera se ha visto reforzado porque España ha abandona al pueblo saharaui y ha renunciado a su papel histórico y su responsabilidad legal, por imposición de EEUU y de una UE que necesitaba que Marruecos cumpliera sus obligaciones. A ver si se creen que Pedro Sánchez cometió aquella barbaridad a cambio de nada…

Como decíamos, Grande-Marlaska también se alivia de no haber sufrido pérdidas de "vidas humanas" en Europa. Parece que los muertos no son ciudadanos normales como nosotros, sino inmigrantes subsaharianos, que en el lenguaje cruel de la política migratoria nunca serán refugiados políticos, como si escaparan de una dictadura enemiga como Rusia, China o Corea del Norte, o inocentes que huyen de una guerra, como sirios o ucranianos. Da igual, y no nos interesan, los motivos por los que huyen de sus países de origen, ya que son africanos y nos quedan demasiado lejos las guerras, las hambrunas y las dictaduras de allí. Con no ser nosotros responsables de esas "vidas humanas", lo demás no importa, incluido que se "pierdan" al otro lado de la frontera.

Es doloroso que Marlaska no nos está diciendo nada que no sea una descripción de la política migratoria de cualquiera de los gobiernos que ha tenido España, siguiendo los acuerdos adoptados en la UE. Puede que no todos lo hayan dicho de esta forma pero todos lo han hecho de la misma manera. Da igual que Grande-Marlaska sea el Ministro del Interior del "Gobierno más progresista de la Historia". En esta cuestión no está muy alejado de la ultraderechista primera ministra italiana cuando este fin de semana reclamaba a la UE aumentar las "incisivas acciones de prevención de flujos ilegales". Bajo este cobarde lenguaje técnico, Meloni solo espera que se siga el ejemplo del Gobierno de Sánchez.
De la misma forma, y aunque en su comparecencia en el Congreso Marlaska recibió el rechazo de todos los grupos, excepto el PSOE, ninguna cuestionó esta política. Con diferentes acusaciones, los grupos denunciaron sus mentiras, sus excusas, el papel de España ante Marruecos, la actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad, etc. Sin embargo, nadie le pidió decencia, quizás porque es lo único que no pueda dar o porque se comparte el fondo de la actuación. Según la RAE, la decencia es la "honradez y rectitud que impide cometer actos delictivos, ilícitos o moralmente reprobables" y nada de esta rectitud ha guiado a Marlaska.

En política migratoria, la decencia implicaría valorar los derechos humanos por igual en todas las circunstancias, en todos los lugares y hacia todas las personas. Significaría no encubrir actitudes criminales, las haga quien las haga. Requeriría afrontar abiertamente los problemas que supone la inmigración y explicar claramente las medidas concretas que se adoptan para solucionarlos, sin cinismo ni palabrería, por duras que fueran. Y, por último, la decencia debería ser la norma para todos y cada uno de los miembros de un Gobierno y de los dos partidos que lo sustentan para denunciar y abandonar cuando uno de sus miembros, por muy juez que sea, demuestre que no se rige por ella, para no ser tan responsables como él. Decencia frente a intereses personales o partidistas. Decencia para no aliviarse de que la fotografía de decenas de cuerpos apilados frente a una valla no fuera en la nuestra.