Sobre nuestras piedras lunares
Manuel Montejo

Refugiados

Es una madre que mece a su bebé desconsolado, sentada en el suelo mientras espera que le atiendan las asistencias, tras un largo viaje huyendo de la guerra...



Es una madre que mece a su bebé desconsolado, sentada en el suelo mientras espera que le atiendan las asistencias, tras un largo viaje huyendo de la guerra. A su lado, su otro hijo mira con los ojos abiertos sorprendido del silencio, tras semanas en las que solo escuchaba el ruido de bombas y disparos.
Son refugiados de un país invadido por un ejército más fuerte y poderoso, que pretendía mejorar su posición geopolítica, eliminar posibles amenazas y apropiarse de recursos importantes económicamente, motivos que suelen ser más que suficientes para iniciar una guerra en la que siempre sale perdiendo la población civil, víctimas y escudos.
Son los habitantes hacinados de un campo de refugiados, al otro lado de la frontera, tras días de pie, sin agua ni comida, y con sus dos hijos acurrucados en el suelo. Un infierno del que ha conseguido escapar pero sin olvidar que allí se ha quedado su marido que se ha quedado para luchar, resistiendo en defensa de su pueblo, de su casa. Ya sea por el shock que produce una situación así o por el alivio experimentado al pisar territorio seguro por primera vez tras días de incertidumbre absoluta, sus rostros no desprenden desesperación o angustia sino una relativa calma. Su mayor preocupación ahora, además de alimentar a sus hijos, es conseguir que vuelvan a dormir sin temblar, que olviden las imágenes de muerte que han visto en estos días. Y poder regresar a su casa, junto a su marido.
Son refugiados. ¿De dónde? Puede que sean africanos, huyendo de los ataques del grupo terrorista Boko Haram en Nigeria, de la guerra en Sudán del Sur o las guerras civiles de Somalia o la República Centroafricana. Quizás sean árabes, procedentes de Siria o Afganistán, donde millones de personas fueron obligadas a desplazarse para sobrevivir o malviven en campos de refugiados. Hasta pueden ser los ucranianos o rusos que han huido de los enfrentamientos en el Donbáss en los últimos ocho años.
Nadie mejor que ellos entiende lo que está sufriendo ahora el pueblo ucraniano pero se siguen preguntando por qué se distingue a unos refugiados de otros. Porque, aunque los factores geográficos, jurídicos y políticos provoquen respuestas distintas, ésta debería ser siempre moral y respetando los Derechos Humanos. La cuestión no es la protección y la acogida que estamos dando, que no debería ser de otra manera, sino la que no hemos dado a africanos, sirios, afganos y otros que huían de conflictos similares, incluso estando implicados en algunos de ellos.