En estos días, o semanas de lluvia incesante, en las que el nombre de la última borrasca se diluye en la memoria antes de que la siguiente la empuje fuera del calendario; en este año en el que preveíamos una sequía tras otra, llegó la sorpresa. Los chubascos nos inundan, una y otra vez, las cicatrices de antiguos charcos, desahuciados por la escasez de agua en los últimos años. Pues, como os comento, en estos días es cuando nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Y perdonad que haya escogido un refrán tan al dedillo para evocar esos lugares olvidados de la mano de Dios durante todo el año, a no ser que la lluvia caiga con generosidad y las redes se inunden de vídeos, fotografías y reportajes sobre parajes como la cascada de La Cimbarra, en Aldeaquemada.
Aldeaquemada, ese pequeño núcleo que tomó su nombre tras el incendio de su predecesora, La Aldehuela, es visitada como una marabunta en los ciclos más lluviosos del año, cuando el río Guarrizas resurge de un letargo seco y sin corriente para desplegarse como un río de aguas continuas que se precipita al abismo de las paredes rocosas, formando ese Paraje Natural conocido como La Cimbarra.
Aldeaquemada esconde muchos otros encantos que merecen ser descubiertos: sus pinturas rupestres, su historia, sus gentes y, por supuesto, su gastronomía. Pero he de reconocer que una caída de agua de unos cuarenta metros, suspendida en el aire como un gran grifo abierto al vacío, atrae a propios y extraños con una fuerza casi hipnótica.
El Senderista Loco, que ha estado infinidad de ocasiones, siempre se sorprende en cada visita. Unas veces, con un río desbordado, incluso invadiendo los caminos, tiñendo el agua de un terroso marrón; otras, con la transparencia de un río que acaricia las y se desploma como una blanquecina melena al viento. ¿Sabéis qué me impresiona más? El sonido. Ese rugido que desgarra el silencio milenario de las rocas y devora el trino de los pájaros y el zumbido de los insectos. Ese estruendo que hace callar hasta a las flores mientras el agua clama su caída, gritando en busca de un destino incierto.
Algunos, los que cargamos con mochila al hombro, nos dejamos llevar por los senderos en busca de la siguiente cascada. En el camino, nos encontramos con una pequeña imitadora que se desprende tímidamente por el arroyo de Martín Pérez. Esta cascada, aún a la espera de lluvias más generosas para nacer con plenitud, es conocida como el Cimbarrillo. A pocos metros, más abajo, el arroyo se une con el río y, de nuevo, nos alcanza el lejano crepitar del agua en caída libre. Allí está: la siguiente cascada, más pequeña, pero no menos majestuosa en su belleza. Es el Charco del Negrillo.
Cada vez son más los viajeros que descienden hasta aquí, sin conformarse con la imponente presencia de La Cimbarra. Vale la pena perderse en estos confines de Sierra Morena, donde las fronteras andaluzas se entrelazan con las de Ciudad Real.
Volviendo arriba, al declarado Paraje Natural, y aprovechando un mirador natural llamado Plaza de Armas, nos encontramos con el epicentro de todos los fotógrafos del mundo. Desde allí se asoman a ese "Coliseo", cuyas gradas están ocupadas por el avión roquero y la collalba negra. Gradas engalanadas por la doradilla, un helecho cuyo nombre le hace justicia al dorado revés de sus hojas.
No hay gladiadores en la arena, pero sí las marcas del tiempo esculpidas por el agua, desgajando los inmensos paredones y desvaneciéndose en la laguna de ojos oscuros, donde el fondo se oculta en un misterio insondable. Tal vez allí, en la profundidad incalculable, un barbo despistado o una curiosa nutria hayan tropezado con un tesoro jamás encontrado.
Si vas entre semana, sin la multitud de curiosos, y temprano, te sientas con los pies colgando frente a esta princesa de Sierra Morena. Contemplas la caída del agua y, por un instante, olvidas el terremoto político del momento, el sufrimiento de la gente de Gaza y Ucrania, el avance del fascismo que recorre el mundo con pasos de hierro, y las cicatrices que la historia insiste en esconder. Aquí solo hay paz. Y el único estrépito que se escucha es el del agua estallando contra las rocas, mientras la bruma de minúsculas gotas empapa el aire y diluye la realidad.
Me vuelvo a Aldeaquemada. Allí me espera mi amigo Andrés, el de La Tienda de Esteban, donde nos deleitamos con unos rosquillos recién sacados del horno y cerramos la jornada, como buenos amigos que somos, en una tertulia de recuerdos.
Nos vemos por las sendas de Jaén. No te pierdas... o piérdete, y encuentra lo que no sabías que buscabas.