Con perspectiva sureña
Antonia Merino

Pinochos

La gran paradoja de la era de la información es la facilidad con la que se puede informar y desinformar a la vez. En tiempos de fake news el problema no es quién cree a los mentirosos sino cómo distinguir entre lo verdadero y lo falso si el periodismo no hace su trabajo de verificar y contrastar. La historia de la desinformación es tan vieja como el siglo XX. Se acuerdan de aquella frase atribuida al nazi Joseph Goebbels que una mentira repetida mil veces puede convertirse en una verdad, pues hemos llegado a un escenario donde resulta casi imposible erradicar la mentira o dicho de otro modo, ésta se mueve plácidamente por el ancho mundo de la política, medios de comunicación y redes sociales.

Algo así sucedió en uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia, el 11-M. El Gobierno de José María Aznar fue capaz de mentir a los españoles sobre la autoría de la masacre para intentar retener el poder. No lo consiguió. Y ni con la verdad judicial admitió el error. La mentira se ha convertido en el arsenal recurrente de gobiernos, partidos políticos y periodistas para obligar a los ciudadanos a comulgar con un relato que se acomoda en la mayoría de las ocasiones a los intereses de los más poderosos, que han encontrado en las redes sociales el vehículo idóneo para difundir mentiras, bulos o paparruchas, como diría la ex presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. En los últimos días hemos visto como las declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, a un medio extranjero se han retorcido lo suficiente como para hacernos creer que sus palabras iban contra los intereses del sector cárnico español; nada más lejos de la realidad. Que el PP magnifique un bulo para atacar a sus adversarios forma parte de su estrategia política.

Lo sorprendente en este caso es la facilidad con la que algunos dirigentes del PSOE se han sumado a la campaña de la derecha contra Garzón a sabiendas de que sus gobiernos autonómicos están preparando normativas que limitan el tamaño de las macrogranjas. Aún así, el virus de la desinformación ha triunfado, porque en estos tiempos tiene más valor el ataque al adversario que la veracidad de los argumentos. No son muñecos de madera y tampoco les crece la nariz al mentir, pero eso no evita que hasta el Pinocho de Collodi parezca un mero aprendiz a su lado. Y la ballena sin venir.